24 de enero de 2017

¿Sos vos,Toto?

“Trajo al primo, el que juega en Argentino. Hoy estamos al horno”. Fue una tarde tórrida de enero, la primera de varias, en la que ni los consejos de la vieja ni de los especialistas que pedían no exponerse al sol podían frenar el voraz apetito de fútbol de esos muchachos, para los que el verano no era sinónimo de playa y menos de sombra, sino de disponer del tiempo de las vacaciones para darle y darle a la pelota.

“Trajo al primo, el que juega en Argentino. Hoy estamos al horno”. Fue una tarde tórrida de enero, la primera de varias, en la que ni los consejos de la vieja ni de los especialistas que pedían no exponerse al sol podían frenar el voraz apetito de fútbol de esos muchachos, para los que el verano no era sinónimo de playa y menos de sombra, sino de disponer del tiempo de las vacaciones para darle y darle a la pelota. Fue una tarde de esas tantas, del desafío de costumbre con los del otro barrio, en una de las tantas canchas de La Salle, que el grupo murmuraba el inconveniente de último momento, que hasta generaba bronca. ¿Cómo podía ser que trajeran a un profesional a enfrentarlos?Porque así era considerado Abel Ramón Piva esa tarde de tantas de enero. Pero era una verdad a medias y quedaría demostrado enseguida. Sí. Ya jugaba en la primera de Argentino en la C pero cuando se empezó a poner las medias y se calzó los botines, como cualquier hijo de vecino, pasó a ser uno de ellos. Uno más con abstinencia de fútbol del bueno, el no contaminado por intereses espurios, el de los partidos que indefectiblemente terminaban con muchos goles. En los que se daba el gusto de dejar de estar anclado en la zaga, iba al medio y hasta se quedaba de chupamate.De Refinería él, de toda la vida, su primo el Oso Conti, que también atajó en Argentino, lo llevó esa tarde de tantas a jugar a la pelota para los del barrio de la placita de los locos, el de los Villani, contra los de Alberdi de las calles Godoy Cruz, Darragueira, Gallo y Zelaya. El Oso, que compartía el apellido de la madre de Abel, era tan alto como él pero se dedicaba al arco. Y el Toto, así conocido y pronto idolatrado en barrio Sarmiento, se apostó al principio delante suyo para abortar cualquier intento por arriba pero, lo dicho, después se dio el gusto de hacer lo que sólo en los córners o tiros libres podía con la camiseta salaíta: irse al área de enfrente y ganar, claro, de cabeza. Aunque su fuerte era el rechazo, la supo alojar en la red lejos del arquero de enfrente.El Toto ya era un jugador conocido en el ascenso rosarino, ya lucía asentado en la primera de Argentino muy joven, y por eso haberle convertido un gol al Oso Conti, con Piva jugando adelante, iba a ser guardado en el arcón de los mejores recuerdos por el ocasional artillero, que nunca movería su derrotero de los torneos ciudadanos. Claro que igual esa tarde, con Piva enfrente, no habría forma de ganarles a los de la placita.Y mucho más sería su orgullo de haberlo enfrentado cuando, tras haber compartido ese fulbito de verano en que hasta compartió las chanzas y las gaseosas del final tras un partido interminable como todos aquellos, llegaría en poco tiempo más a convertir el gol del ascenso de Argentino, el del regreso a la Primera B, ese miércoles 23 de mayo de 1990 en la cancha de Estudiantes frente a Defensores de Cambaceres. Curioso. El que para patear era más zurdo que el Che, al que su altura le permitía ganar casi siempre con la testa, marcaría el retorno del albo con la punta del pie derecho, a los 42 minutos del primer tiempo, tras la segunda jugada de un córner y el centro de Petete Rodríguez.Si ese gol fue una alegría para los ocasionales rivales sin camisetas de esa tarde de verano como tantas, ni hablar cuando José Omar Pastoriza puso al pibe de su barrio nada menos que en la primera de Independiente, que venía de ser campeón con el Indio Solari de la temporada 88/89 (aquella única en que los empates se definían por penales como ahora quiere hacer la Fifa para los mundiales de la próxima década) y subcampeón en la 89/90. Parecía mentira que el aguerrido zaguero de cabellera rubia se calzara la roja y se hiciera ver en el fútbol de élite. Y no porque no lo mereciera, sino porque no era tan común entonces que un futbolista pasara de un club de la B a uno de primera. Mucho menos a un grande. Una lesión lo fue relegando y lo haría al cabo ir regresando al club de sus amores, donde volvió a calzarse los botines, donde lo dirigió en primera e inferiores, fue presidente del fútbol, vice e hizo todo para lo cual no se necesitan cargos pero sí mucha pasión. Ahí está Abel Piva. Quedó inmortalizado en el mejor homenaje que hace rato le hicieron los hinchas a las glorias salaítas: sobre la pared del viejo Olaeta. Una enfermedad se lo llevó ayer, en un día de verano como aquel en que se dio el gusto de jugar a la pelota antes de empezar la pretemporada en Argentino, cuando los rivales de ocasión le preguntaron: “¿Sos vos, Toto?”De 149 partidos, 147 de titularAbel Piva debutó en Argentino el 12/11/88, de visitante ante Nueva Chicago (1-1, gol de Walter Reyna), ingresando a los 86′ por Eduardo Quiroga. Ese y otro partido en la 2ª y última etapa en el club (94-97), fueron los únicos de los 149 en el salaíto en los que entró desde el banco. En 147 fue titular indiscutible.El gol consagratorioEl 23/5/90, en cancha de Estudiantes, hizo el gol del ascenso a la B ante Cambaceres (0-0 la ida en Newell’s), en la final del octogonal de la C.Del albo al rojo de AvellanedaDespués del ascenso a la B permaneció en barrio Sarmiento hasta finales del 90 y en el 91 José Omar Pastoriza lo llevó a Independiente, el campeón vigente. Debutó el 24/2, en el triunfo por 2 a 1 sobre Talleres de Córdoba en la Doble Visera e hizo dupla de zagueros con Néstor Craviotto, quien hizo el gol de la victoria.Inolvidables 15 siempre con la 6Piva estuvo todo el 91 en Independiente, donde jugó 15 partidos y siempre fue titular: 8 con Pastoriza al mando y 7 con la dupla Bochini-Fren. Y hasta se dio el gusto de hacer un gol, el 15/11 en Avellaneda, el primero del triunfo sobre Huracán por 2 a 0. Se lo hizo a Gabriel Puentedura. Siempre, con la 6 en la espalda.

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