04 de diciembre de 2016

“No puedo pedirle nada más a la vida”

Hija de un conde francés y una aristócrata argentina, creció rodeada de lujos pensando que el mundo era un lugar amable. Pero el periodismo, al que llegó por casualidad, le cambió la vida. Fue la primera mujer en conducir un noticiero en la Argentina. Hoy, a los 82 años, sigue tan activa como siempre. Corajuda, entusiasta y solidaria, mantuvo una extensa y profunda charla con Más en San Pedro, su lugar en el mundo.

“Soy una vieja paqueta pero no soy una tilinga”. Lanza la frase y ríe con soltura. Después, hace ese gesto inconfundible: la cabeza un poco de lado, la boca entrecerrada, el mechón rubio que cae como al descuido y le tapa media cara. Entonces, aunque acaba de cumplir 82 años, el tiempo se borra y aparece la periodista. La de Mónica Presenta, la de Telenoche, la de Mónica y César, la primera mujer en conducir un noticiero en la Argentina.   Quizá lo que más impacta de Mónica Cahen D’Anvers es que sigue siendo la misma. “Puede estar en el Palacio de Buckingham, entre sus plantas, entrevistando a un presidente o levantándose de la cama y siempre es ella… con esa naturalidad”, dirá luego César Mascetti, su pareja desde hace 40 años, testigo privilegiado de una mujer que sin dudas tiene una vida de película.   Hija del conde francés Gilbert George Louis Cahen D’Anvers, y de la argentina María Elina Láinez Peralta de Alvear, Moniquita —como la llamaban de pequeña— creció siendo una niña mimada y algo caprichosa, rodeada de comodidades, con chofer, con un montón de primos, paseos por el campo y viajes a Europa. Fue al Northlands School de Olivos y a la Universidad de Cambridge donde estudió literatura. Habla español, francés e inglés al mismo nivel (“pienso en cualquiera de los tres idiomas, me da igual”, comenta sin sonar pretenciosa). Y aunque su vida estaba destinada a la holgura y la nobleza había algo en su interior que la inquietaba, que le decía que no, que era por otro lado.   Fue el periodismo el que le cambió la vida. El trabajo que la acercó a la realidad, que le mostró la rudeza que no conocía y que al mismo tiempo le dio las mayores satisfacciones, que la hizo popular y querida.   Mónica recibió a Más en La Campiña, su quinta en San Pedro (Buenos Aires), un lugar hermoso rodeado de flores a las que cuida amorosamente, que tiene un restaurante, una huerta, que está rodeado de naranjos y que la gente visita porque es ideal para pasar un día al aire libre pero, sobre todo, porque ofrece la posibilidad de cruzarse con ella y con César, aunque sea por unos minutos.   “A la fama no hay que creérsela. Nunca. Y aunque a veces es un poquitín agotador estar acá saludando y charlando con todo el mundo tengo clarísimo que todo lo que tenemos se lo debemos a ellos, a los que nos siguieron durante tantos años, a estas personas que se toman su tiempo y vienen hasta acá para vernos”, reflexiona, mientras un muchacho golpea el vidrio y le hace señas para indicarle que se quede quieta, que quiere sacarse con ella una selfie aunque esté la ventana en el medio.   De jeans, remera estampada hippie chic, sombrero de paja y un colgante de piedra —que hizo arreglar después de que se le partió en dos—, Mónica se dispone a la charla franca, profunda, reveladora. No tiene apuro. Lo dice, y se nota.   Disfruta de cada anécdota y demuestra una lucidez que asombra. No sólo por su capacidad de ir al pasado sin olvidar cada detalle sino por la facilidad con la que vuelve al presente, por la comodidad con la que pasa del recuerdo imborrable de sus primeras experiencias con el micrófono al presente político de la Argentina.   Mónica, la chica de Barrio Norte que supo embarrarse tantas veces como hizo falta, que se volvió solidaria y compasiva; la mujer que superó un cáncer de mama, que se siente culpable por haberle robado horas a la maternidad; la señora elegante que es una abuela y bisabuela dedicada y que acaba de presentar su libro, cuestiona, analiza y canta sus verdades con énfasis pero también con ese sello que la distinguió durante años: el talento para la cercanía.—En el prólogo de Mónica Presenta, tu autobiografía, te mostrás como una madre un poco culposa…—Es que yo he sido una madre un poco ausente. Una mamá laburanta que no estuvo tanto tiempo con sus hijos porque siempre estaba en algún lado. Una dice ¡pucha! yo le saqué horas a los chicos por mi laburo, pero la verdad es que no les saqué lo más importante: el amor y la comprensión. Entonces sí, hay horas en las que no estaba, pero como dice Sandra (Mihanovich, su hija), eso le dio la sensación de que las mujeres éramos potentes. Resulta que mi dedicación al trabajo le dio energía en la vida.—“Crecí pensando que las mujeres podemos hacer lo que realmente queremos”, escribe Sandra en el comienzo de tu libro. ¿Vos te dabas cuenta de que eras una mujer que podía hacer, en un contexto bastante opresivo para el sexo femenino?—No me daba mucha cuenta. ¡Es que hablamos de hace un millón de años! Yo tengo 82. Inauguré Telenoche el 3 de enero de 1966… ¡Guau! En esa época era realmente muy especial lo que yo hacía, pero lo lograba por omnipotente, por cancherita, por inconsciente o un poco por las tres cosas, pero no me di cuenta… saqué la mano, tomé el tranvía y ¡chau!—Encaraste… —¡Y me fascinó tanto el laburo! He tenido una enorme suerte porque es un privilegio descomunal trabajar cincuenta años en lo que te gusta. Medio siglo se cumplió… (Baja la mirada y repite como susurrando) Medio siglo se cumplió este año…—¿Mirás para atrás y te parece increíble? —Es que era otro mundo. Pensá, por ejemplo, en una nota emblemática como la de la llegada del hombre a la Luna. Cabo Cañaveral, año 1969. Yo terminaba de filmar un reportaje con Werner von Braun (el ingeniero que diseñó para la Nasa el cohete Saturno V) y me iba al hotel. Lo llamaba por teléfono a Andrés (Percivale) y le decía: «Acabo de hacer una nota con von Braun», y él: «Bien Moniquita, ¿me la mandás mañana?». Entonces al otro día iba al aeropuerto con una lata de esas de cine —que allá había que revelar y compaginar— y se la entregaba a un pasajero o al capitán del avión para que la llevara a Buenos Aires. ¡No tenía otra manera! Pensar que hoy toco un botón y… ¡chan! ¡Tengo a mi alcance un tsunami de notas!—Hablando de tsunami… (Una decena de personas se agolpa en la ventana del restaurante. La saludan, le tiran besos. Interrumpen la charla).—Jajaja (se ríe a carcajadas)… encima el lugar en la ventana lo elegí yo. ¡Si seré tonta!—¿Te pesa la fama?—En pocos momentos, muy pocos. Realmente donde yo siento la fama es acá. Porque acá es donde se juntan cantidades industriales de personas que vienen a La Campiña básicamente a vernos a nosotros, esa es la verdad. Obvio que además es un lugar divino, donde se la pasa bien, se come bien y hay mucha paz. Esto lo hicimos con César con mucho pero mucho amor. Hemos puesto años de laburo, años de sueños, de entrega. Es el hijo que no tuvimos. Entonces cuando se junta mucha gente, como ahora, es intenso pero se me va inmediatamente el embole porque tenemos todo esto gracias a ellos. Eso lo tengo muy presente. Estamos acá gracias a que nos miraban, nos querían, y por eso los canales nos seguían contratando y pagando buena plata. Ellos son un cacho dueños de todo esto.—Armaron La Campiña para encontrar paz, pero…—Totalmente. Aunque La Campiña es una empresa, y nuestro reducto privado se llama El Independiente y está a dos kilómetros de acá. Esto tiene unos 20 años pero El Independiente tiene 40. Cuando empezamos compramos ocho hectáreas. Ya estábamos con una idea de lo que queríamos hacer. Porque en la vida hay un comienzo en el que vas subiendo escalones, llegás, y después tenés como una planicie de laburo —si tenés suerte como tuvimos nosotros y te va muy bien y trabajás muchos años— pero estando ahí arriba nosotros ya estábamos pensando en la bajada, en el camino de salida…Mis bisnietas que tienen 5 y 3 años, y 3 meses, están en el camino de entrada de la vida y yo estoy en el camino de salida. Mi nieta Sol (que tiene 32 años, hija de Iván) se puso medio mal hace poco y me dijo: “¿Vos no te vas a morir, eh?”. Y yo le dije a esta madre de mis bisnietas que adoro con mi alma: “¡Mi amor querida, yo no me pienso morir pasado mañana, eso espero… pero estoy en ese camino de salida y tus hijas en el de entrada!”. Es una concepción de las cosas. Nosotros, con César, para este momento elegimos esto, este lugar, que en un primer momento lo teníamos para producir. Pero bueno, César es sampedrino, único hijo de toda una familia y se fueron muriendo las tías viejas y él empezó a heredar algunas casas y cosas. La Campiña son 20 hectáreas que eran de la tía, y esto es lo único que no compramos porque lo heredó César. Y estando al lado de la ruta 9 dijimos: ¡hay que hacer algo! Venían las señoras que iban a la Virgen de San Nicolás y me lo pedían: “Moniquita, vos acá tenés que hacer una casita de té para que cuando me vaya paremos acá”. Y empecé ahí, en esa casita amarilla que yo llamo De los recuerdos, que era la casita a la que la tía venía los fines de semana. Hay que pensar que hace 50 años los ocho kilómetros que nos separan de San Pedro eran para ella como ir hasta Mar del Plata. Yo nunca le pregunté pero debe haber hecho una valija hasta con bombacha limpia para venirse. ¡Y pensar que ahora nosotros hacemos este camino seis veces por día!. Es otro mundo… por eso me es tan difícil analizar. Yo nací en la época del sulky y me voy a morir en la época de internet multiplicada por mil.—¿Estás pendiente del celular?—Tengo, pero no, no uso esos supercelulares de ahora. Lo uso sólo para llamar y no tengo whatsapp. ¡Me equivoco todo el tiempo! Así que no le doy bola. Un problema menos.—Volvamos a Cabo Cañaveral. Siempre fue complicado para los laburantes de los medios en la Argentina producir, y ni hablar si te mandan a cubrir una nota al exterior. Siempre con menos recursos que otros países. Pienso en esa anécdota que comentás en el libro, llegando a cubrir un acontecimiento histórico con tu camarógrafo, y la gente de la Nasa preguntando dónde estaba el resto del equipo…—¡Sí! ¡El tipo que nos recibió se murió! ¡No podía creerlo! Todos los canales del mundo llevaban 12, 15 personas… y bueno, nosotros éramos Cacho y yo. Stop. Y llegando tarde como siempre.—Muy argentina la impuntualidad…—¡Somos terribles! Ojo que yo soy puntual, aunque tengo la contrapartida que es el señor César Mascetti. Tenemos que estar a las 9 en un lugar y a las 9 me dice: me voy a bañar. ¡Pero ya tendríamos que haber estado! Y él… ¡Ya va, ya va!. Es muuuuy argentino César. Yo tengo la educación del viejo, mi viejo, que era el francés más inglés que existió en la vida. Él hablaba perfecto inglés, tanto que en Londres le decían: “¡Qué buen francés habla!”. Jajaja. Él nos inculcó eso del horario.—¿Te parece que de todos modos era más sencillo antes trabajar en un medio de comunicación?—Creo que sí. Sobre todo por lo del periodismo partidista. En aquellos tiempos no existía el periodista militante más allá de que, por supuesto, tuvieras tu ideología, tus preferencias políticas. Se nos enseñaba un periodismo objetivo, que nunca es posible en un 100%, pero yo veo que hoy muchos periodistas hacen un periodismo para fulano o mengano, y no para vos (mira con firmeza ), para la gente. Yo soy de la idea de que tengo que decirte siempre la verdad, con una honestidad total y absoluta. Siempre priorizando al que te ve, al que te escucha.—¿Vos pudiste hacer eso, siempre?—Siempre pude. Es una de las cosas que puse como condición en todos mis trabajos.—¿Incluso durante la época del proceso militar?—Es que en ese momento Eduardo Metzger, que era nuestro productor, armó el programa Mónica Presenta (que comenzó en 1977 y fue uno de los más vistos de toda la historia de la televisión argentina), en el que nos ocupábamos de mostrar el mundo más que el país. Si hubiese estado en un noticiero entonces hubiera sido diferente. Fueron años de viajar mucho, muchísimo, esos años muy oscuros para nuestro país. Y sin embargo, lo digo con cierta vergüenza y pido disculpas: yo no sabía nada. ¡Era periodista y no sabía nada! ¿Cómo pudo haberme pasado? Ese desconocimiento me angustia mucho ahora. Yo era querida, aplaudida, pero de verdad mis actitudes, ese desconocimiento, no merecían esa admiración.—Mencionás que cuando aceptaste ser periodista lo hiciste con cierta inconsciencia pero que al mismo tiempo tenías mucho carácter. ¿Hubiera sido difícil para vos que te digan qué decir y qué no?—Sí, claro. No me hubiera bancado que me bajaran línea. Nunca me lo banqué. Es lo que me pasó en Radio del Plata, que era kirchnerista. Primero la compró Tinelli, en 2005. Con César nos fuimos de Telenoche, ahí pasamos a la radio y trabajamos casi seis años. Pero después la vendió a Electroingeniería, que era kirchnerista. Todos los que estaban ahí, Nelson Castro, Lanata, Leuco, todos se fueron. Un señor de la empresa viene y me dice: “¿Ustedes dos también se van?”. Y yo le dije: “Mientras no me obliguen a hacer una nota, mientras no me impidan hacer una nota, mientras no traten de que hagamos lo que ustedes quieren a mi no me importa si usted es K o no lo es. Si el dueño es A o Z. A mí me importa que me dejen laburar con libertad, con la libertad de hablarle a la gente de lo que yo creo, sinceramente, desde el alma. Desde mi verdad”. Y así estuvimos muchísimos años. Tal vez si los demás se plantaban como nosotros se hubieran quedado, pero no, agarraron la plata y se fueron.—¿Te gusta Macri?—No me gusta que digan cualquier cosa. Eso de pobreza cero, pero ¡por favor! Me indigna. Si el mundo tiene más de un 90% de pobres, cómo van a pregonar lo que no es. Eso me saca.—César siempre quiso ser periodista, pero vos no—¡Yo quería ser actriz! ¡Dejémonos de joder! Pero a mi mamá le dio un ataque. En esa época ella debe haber creído que yo quería ser como esas chicas que salían en bolas en el Maipo. Yo le decía que quería ser actriz y como era una prepotente malcriada decía ¡quiero estudiar con los mejores! Ufff, era insoportable yo. Pero bueno, me dijo que no. Tenía 18 años y nos fuimos a Europa porque se murió mi abuelo francés. Y se postergó lo de la actuación.—Esa fue la época de la fiesta de tus 18 años en el castillo en Francia…—¡Un horror! Gracias a Dios y a la Virgen mi hermano Johnny no encontró a tiempo la foto de esa fiesta para este libro (el libro tiene fotos de la vida privada y la carrera de Mónica).—Pero uno puede imaginar que una fiesta lujosa, con vestidos y todo lo demás, está en los sueños de muchas chicas. Más en aquellos tiempos…—No, para mí fue todo tremendo. Yo era un tanque australiano vestido con un Dior que me encajaron. Me quedaba desagradable. ¡Como el culo lo viví! No hay otra palabra. No conocía a nadie. Francia no era mi país. El único que me sacó a bailar dos veces fue el baterista de la orquesta. Y me salvó la noche. Me hizo sentir que no estaba tan espantosa, que era humana.—¿Eras enamoradiza?—(Piensa). Me gustaban todos. Y como buena enamoradiza por ende era desenamoradiza. Si vos te agarrás un solo metejón, te dura mucho, pero cuando cada cinco días te agarrás uno, enseguida pasás a otra cosa. Yo era un desastre. No tuve noviazgos largos. Además me casé a los 20 con Iván Mihanovich, que tenía 25… Iván, que ahora tiene 87, uffff. Muy macanudo, muy buena persona, el hombre más buen mozo. Venía de una familia de artistas. Mi ex suegro era pintor, era una familia de compositores, cantantes. Después de que nacieron nuestros dos hijos le dije a Iván que quería estudiar teatro y me dijo que sí. Empecé a estudiar con Carlos Gandolfo, marido de Dora Baret. Gran profe de teatro. Estudié con él e hice una gran cantidad de desastres… (se ríe).—En el libro decís “me di el gusto de ser actriz”.—Me saqué las ganas. Estaba haciendo un teleteatro que se llamaba Cuatro hombres para Eva, que escribió Nené Cascallar. Un día me viene a ver Carlos Montero padre, que era la mano derecha de Goar Mestre —el dueño de canal 13— y me dice que Goar quería que yo fuese la primera mujer en conducir un noticiero en la Argentina. No había escuela de periodismo en aquella época. Él decía que veían en mí una manera especial de llegar a la gente. Que hablaba idiomas, que conocía el mundo. Aunque dije que no, lo pensé un poco, y después acepté. Ya estaba separada. No era habitual. Pero yo siempre hacía lo que no hacían los demás… Con Iván seguimos siendo amigos, todo bien, pero sin dudas no funcionaba la cosa.—Volvamos a la propuesta de Montero…—Me fui dando cuenta de que en la familia Láinez, la de mi mamá, había muchos periodistas, había genes que me hacían ruido, y me hicieron pensar ¿why not? Fijate que me contrataron en agosto del 65 para salir en enero del 66 al aire. Todos esos meses iba con Montero y un camarógrafo a la calle a aprender a hacer notas. ¡Y me pagaban!—Esas primeras notas, las que te marcaron tanto, en un barrio muy humilde y en un hogar para chicos abandonados…—Las que me cambiaron la vida. ¡Ni me imaginaba que eso existía! El periodismo hizo el gran cambio en mí. Yo había tenido una educación muy absurda. Venía de una familia, por parte de papá, de judíos banqueros riquísimos, y de parte de mamá de gente muy pensante, con muchas cosas a favor, pero resulta que me habían puesto una nana inglesa, iba a un colegio inglés, tenía un auto con chofer. Los fines de semana iba al campo de la familia con todos mis primos. No conocí Mar del Plata hasta los 18 años, pero conocía Europa. Vivía en la Argentina pero estaba en un mundo aparte. Era un mundo muy reducido el mío. No había tele. En casa se leía La Nación y no se escuchaba la radio… ¿Quién me iba a contar lo que pasaba, por qué iba a saber lo que era el mundo? No había manera de que alguien me dijera nada. Mis compañeritos de la escuela eran tilingos como yo.—¿Y si no hubieses sido periodista?—No sé. Ahora soy una vieja paqueta pero no tilinga, que es muy distinto. Pero para dar ese volantazo te tiene que pasar algo. Mi primera nota, como mencionaste, fue en un villa, que en esa época ni sé cómo se llamaban. A mí me mandaron a una nota en lo que yo creía que era un barrio humilde. Y cuando llego me encuentro con unos nenitos de cuatro, cinco, seis años con barro a la rodilla, un frío de cagarse, las mamás en la puerta de las casillas con techos mitad cartón mitad chapa, sin puerta, algo tremendo. Jamás hubiese pensado que había personas que vivían de ese modo. No lo sabía… No sabía que había mujeres que no les podían dar de comer a sus hijos. ¡Era algo tan alejado de mi realidad! ¿De dónde lo iba a sacar? A mí me llevaban en un auto a todos lados, no caminaba ni por la calle, jamás. El periodismo me transformó. Y mirá mi prepotencia, porque cuando conocí todo esa realidad decidí que quería cambiar el mundo. Hasta el día de hoy quiero…—¿Seguís intentando?—Y sí. No es vanidad ni nada parecido pero te aseguro que pienso mucho en la gente, en los demás. César me dice que a veces me paso de rosca, que puedo ser demagoga, yo le digo que no, no es demagogia, ¡cómo no me voy preocupar si me entero de alguien que tiene un hijo que está enfermo, que necesita ser atendido, que hay que operarlo y se lo demoran! Yo voy al hospital, hablo con el director y consigo que lo operen mañana. ¿Para qué sirve la fama, mi querida? Nada más que para eso. Algunos creen que la fama sirve para sacarse muchas fotos. No, sirve para tener más recursos para estas cosas. Creo que mucha gente piensa hoy que es más importante tener que ser. Yo sé que no importa lo que tengas.—¿Sentís que marcaste el camino para muchas mujeres?—Era un camino que no podía ser de otra manera. Creo que el resto de las mujeres no lo hacían porque no tenían la oportunidad. A mí se me dio. Tampoco fui Helena de Troya. No nos engañemos…—Contame de César… le dedicás el libro.—He tenido mucha suerte. He sabido sostenerlo, es verdad, pero cuántas mujeres no tienen ni la oportunidad de encontrar un gran amor. —¿Te gustó desde que lo viste?—¿César? No, no, ¡nada que ver! ¡No lo soportaba! Él no me bancaba a mí tampoco. El entró al canal en el 71, yo ya trabajaba. El era el buenmozón, recién llegado. Venían chicas a buscarlo en auto. Era el langa. Fue recién en el 77 que comenzó nuestra historia. Muchos años después.—¿Y cuándo se ponen de novios? ¿Cómo?—De novios, nena, ¡qué antigua! Jajaja ¡No me hagas reír! Bueno, arrancamos el 7 de junio, un Día del Periodista del 77. Eduardo Metzger hizo una fiesta… Y sólo los dioses saben por qué los dos salimos en el auto, y en vez de agarrar cada uno por su lado agarramos por el mismo lado y no nos separamos más… hasta el día de hoy. Nunca se habló previamente nada, apenas un coqueteo la misma noche durante la fiesta, y los dos autos derechito para el mismo lado. Simple.—¿Cómo fue la relación de César con tus hijos?—Sandra ya tenía 22 años y Vane (Iván) 20. Sandra ya vivía sola y a Vane le había tocado el servicio militar. No hubo conflictos. Vane después vivió con nosotros. Se llevaron siempre bien. César fue un padre estos 40 años.—La Campiña, decís, es el hijo que no tuvieron. ¿Te hubiese gustado tener un hijo con él?—¡Me hubiera encantado! Pero nos encontramos cuando éramos grandes. Y en un punto tal vez fue mejor, hemos creado para nuestro camino de salida esto, este lugar, acá pusimos todo: el amor, el compromiso. Yo digo que terminar mis días podando las rosas (César le regaló 300 rosales para los 70), ocupándome de la huerta, es como sacarte el Prode. Le pusimos mucho de lo que le das a un hijo.—Hablás del camino de salida. ¿Pensás en la muerte? ¿Lo hablás con César?—Tenemos una frase de cabecera: “Queremos que la muerte nos encuentre vivos”.—¿Les temés a las enfermedades?—Sí. Quiero estar en un momento, y de repente ¡puf, listo! Pero bueno, no se puede elegir. Las enfermedades, un ACV, eso sí me preocupa pero no tanto por mí sino por mis hijos. Pienso en Vane… ¡Tener que ocuparse de una madre de ese modo! Eso no me gusta nada.—Tu madre vivió una enfermedad que la hizo sufrir mucho. Tuvo cáncer. Vos también te enfermaste de cáncer en un momento.—Sí, es una familia la mía con mucha cosa cancerígena. Llena de cáncer. Mamá la pasó mal, horrible.—Y tu nieta Sol también tuvo cáncer.—A los ocho años, de fémur. Por suerte se lo detectaron a tiempo, como a mí el cáncer de mama. Y Paula, mi sobrina (la dueña de la marca de ropa Paula Cahen D’Anvers), y tía Elvira y tía Carlota…—Así y todo vos nos no sos muy apocalíptica, parece…—No, para nada. Nunca espero que me pasen cosas malas. Tengo una actitud frente a la vida muy positiva; no es mérito mío, creo que estoy hecha así, soy optimista, adoro la vida, estoy a favor siempre. No puedo pedirle nada más…—¿Cómo te sentiste cuando tu hija Sandra te dijo que iba a donarle un riñón a su ahijada?—Fue duro. Pero ella tenía la decisión tomada, y la apoyé. Siempre fui solidaria, siempre pensé en el otro. ¡Cómo no acompañarla! Con Sandra hemos tenido siempre una relación fantástica, aunque no ha sido fácil. De la homosexualidad no se hablaba cuando yo era chica, y si el tema se tocaba era ¡Dios mío, qué horror! Cuando ella era adolescente yo la veía tímida, como incómoda. Ella tan bonita, hermosa, y resulta que no quería salir mucho. Nada le gustaba. La mandé a un psicoanalista. Creo que ni ella sabía que era homosexual. Y el terapeuta me dijo que no pierda más el tiempo, que ella no tenía ningún problema…—¿No lo sufriste a pesar de tu crianza?—Para nada. No me jodió para nada. Siempre fui de la idea de que en la vida uno tiene que hacer lo que puede, lo que quiere, lo que lo hace feliz. Aunque no era fácil, porque vos pensá que por entonces había gente muy boluda que creía que ser homosexual era pecado.—Hay gente que lo sigue pensando…— Debe haber, ¿no? ¡Qué bárbaro!

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