01 de septiembre de 2016

Larrondo es un desagradecido

Marcelo Larrondo es un reverendo desagradecido. De otra manera no se la puede calificar a una persona que le muerde el brazo al club que alguna vez le dio de comer.

Marcelo Larrondo es un reverendo desagradecido. De otra manera no se la puede calificar a una persona que le muerde el brazo al club que alguna vez le dio de comer. Pero lo que es todavía peor es que el hoy delantero de River no tuvo los cojones suficientes en su momento para plantarse ante la dirigencia canalla y entonces compañeros de equipo para decirles en la cara lo que declaró en la muy buena entrevista que le concedió al diario deportivo Olé. Todo lo contrario. Eligió el camino de los cobardes. Huyó para no enfrentarlos y en un santiamén apareció haciéndose la revisión médica para cerrar su incorporación a River. Como interiormente sabía que no estaba haciendo lo correcto, por eso se subió a un auto de madrugada sin que nadie lo viera que se escapaba del hincha de Central. Según él, esa misma gente que cuando llegó lo cobijó con el afecto que se le da a un hijo, pero que ahora la ningunea cuando declara públicamente que en Italia “me quedaba despierto hasta las 3 de la madrugada viendo los partidos de River porque mi sueño siempre fue jugar ahí”. Larrondo no es el primero ni será el último jugador que aspiraba a ponerse la camiseta de uno de los grandes del fútbol argentino. Todos lo hacen, pero pocos caen en el nivel de desagradecimiento que mostró Larrondo. Encima, sin pruebas, mandó al frente a sus antiguos compañeros y los expuso cuando dice que “muchos jugadores de Central le mandan mensajes y se quieren venir a River”. Lo que debería saber Larrondo es que Walter Montoya y Víctor Salazar, seguramente los jugadores a los que alude, no tomaron el mismo camino que él. Por una u otra cosa, amenazados o no, al final se quedaron en Central. Se aclara, por si alguna mente perversa lo piensa, quién escribe estas líneas quiere presos a todos aquellos hinchas que escudados en un mensaje de texto o redes sociales intimidan a los jugadores de sus equipos. El único pecado (es una ironía) que cometió Central fue desplegar la alfombra roja para que Larrondo se luciera con su rendimiento. Aunque en esto nunca hay que olvidarse de que hasta entonces él era apenas un inexistente jugador que aún no estaba colgado del mapa futbolístico. Es más, cuando lo contrataron, el discurso al que apeló fue parecido al que utilizó cuando llegó a River. Lo que se dice en la jerga futbolística un jugador “vende humo”, de esos que se acomodan según las circunstancias y repiten como loros las palabras que le apuntan desde el entorno. Luciano Cefaratti tocó la tecla justa cuando ayer salió al cruce de lo que dijo Larrondo (ver página 7). Es verdad que la respuesta careció de elegancia, sobre todo si se pone la lupa en la investidura que tiene el vicepresidente canalla, pero le tiró un camión de cemento encima al delantero. Decir que “es un privilegio que ya no vista nuestra camiseta” y taparlo con un diario es más o menos lo mismo. De lo que sí hay plena seguridad, si algo hacía falta, es que Larrondo para el hincha de Central es la antítesis de lo que fue Aldo Pedro Poy en la década del setenta. El protagonista de la célebre Palomita se refugió en una isla rosarina para que no lo vendieran, Larrondo se escondió adentro de un auto para que nadie lo viera.

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