11 de enero de 2017

La felicidad no está en Miami

Vacaciones. Podría ser viable enseñarles a los niños que la felicidad no está en ir de viaje a un lugar determinado y que el tiempo libre es saludable ya que les abrirá un espacio a la creatividad.

En estos días, en los que las clases se interrumpen, los padres suelen preocuparse por no saber qué hacer con el tiempo libre de los hijos. El ocio está relacionado con la idea de diversión, no obligatoriedad, descanso y bienestar. Si nos remitimos al diccionario, la palabra ocio u ocioso se refiere a lo inútil, sin provecho, a perder el tiempo, al vicio de no trabajar. Los adultos, quizás por esta idea, suelen creer que tener un día libre, sin hacer nada, es un día perdido. Sin embargo, el tiempo que se dispone para vacaciones, podrá ser revalorizado a partir de la relación con los niños, de estar dispuestos a prestarles atención y a jugar con ellos. Pero, ¿siempre hubo vacaciones? Vale aquí un breve recorrido por las vacaciones y su historia. Si bien el turismo moderno es un producto del ferrocarril, sus antecedentes se remontan a los orígenes de la historia. En el siglo II de la Era Cristiana, refiere la filósofa R. Kreimer, que el emperador Adriano construyó carreteras que permitieron que los viejos patricios y los nuevos funcionarios abandonaran Roma durante el verano para refugiarse en las villas de la Galia, o en los países del Danubio. Familias enteras se desplazaban en carruajes de cuatro ruedas tirados por varios caballos. La caída del Imperio Romano implicó el abandono de aquella infraestructura de comunicación. Si bien en la Edad Media aparecieron la pechera y el eje delantero libre, que permitieron aprovechar al máximo la fuerza motriz de los caballos, los caminos resultaron lugares poco seguros para la circulación de los viajeros debido a que los siervos expulsados de los feudos y villanos pobres asaltaban frecuentemente a los carros convirtiendo a los viajes en empresas altamente riesgosas. Con anterioridad al siglo XVIII, las vacaciones sólo estaban al alcance de una poca minoría. Hipólito Taine en su libro “Orígenes de la Francia contemporánea” describe cómo se impuso la costumbre de veranear entre los aristócratas franceses en dicho siglo con la llegada del verano. Los nobles se dedicaban a comer, bailar, cazar y los residentes en Versailles y en París viajaban a la Champagne, donde la riqueza era ostentada en interminables caravanas de coches y caballos, una mesa bien servida y el alojamiento dispuesto para el primer hidalgo andariego que golpeara a la puerta del castillo. Ya en 1836 se publicaron en Alemania las primeras guías del viajero y por aquella época empezaron a construirse los hoteles turísticos y a venderse excursiones con estadías en los nuevos balnearios y viajes en ferrocarril. Pero, ¿qué hacer con los chicos y cómo disfrutar? Los medios de comunicación y, especialmente la publicidad, tuvieron un papel importante en la generalización de las vacaciones. A partir del período de entre guerras, la radio y los medios comenzaron a divulgar la idea que lo bueno ya no residía en el trabajo o en los negocios, sino en las vacaciones. Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando la clase obrera comenzó a acceder a las vacaciones pagas, el turismo social irrumpió en varios países europeos y en los Estados Unidos. En la Argentina fue el gobierno de Juan Perón el que incluyó en su política social los planes de turismo para los sectores de menores recursos económicos. El balneario de Mar del Plata, fundado en 1874, dejó de ser el centro de reunión de las familias exclusivas para recibir contingentes de trabajadores de todo el país. Al fomentarse el turismo para el sector asalariado, se construyeron grandes hoteles en la costa atlántica, Córdoba y Bariloche, y así muchas familias tuvieron por primera vez sus vacaciones. Entre 1950 y 1960 fue el apogeo de esta forma de turismo en la Ciudad Feliz. En la década del 80, con la “plata dulce” de por medio, se cambió la visión acerca de los destinos turísticos. El hotel de sindicato fue reemplazado por el charter a Miami, el viaje de egresados a Bariloche por un vuelo a Cancún y los recuerdos de caracoles de Mar del Plata fueron sustituidos por los perfumes del free shop. Esta visión consumista, propia de la era posmoderna, suele hacer creer que sólo serán válidas unas vacaciones si accedemos a ciertos destinos, si compramos cierta ropa acorde con el lugar turístico o si invertimos mucho dinero en ellas. Pasar unos días de ocio, en la playa o la montaña, gastar dinero en cosas que gustan podría ayudar a disfrutar también. Pero pareciera que en estos tiempos de tantas corridas debido a los horarios y los problemas, lo urgente no deja ver lo importante. Por lo tanto, podría ser viable enseñarles a los niños que la felicidad no está en ir de vacaciones a un lugar determinado y que el tiempo libre es saludable ya que les abrirá un espacio a la creatividad, al conocimiento de sí mismos y a la relación con quienes los rodean. La educación en el ocio puede inculcarles hábitos como la lectura, la música o el deporte que les acompañarán en su vida de adultos. La infancia es un tiempo de formación y autoaprendizaje que los hará independientes y autosuficientes en su entorno, los llevará a tener una postura más positiva, mayor posibilidad de gozo personal y disfrute de sus ratos de soledad. Carina CaboAutora de “La escuela, ¿para qué?”

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