21 de diciembre de 2016

Jugadores que eligen DT

Los dirigentes comparten con los futbolistas la decisión sobre los técnicos, quienes carecen de estabilidad laboral

La inestabilidad de los entrenadores no es una novedad. Ya no importa si se trata de torneos cortos o largos. La resultante es la misma. Ellos salen eyectados por los resultados, los negocios o las presiones internas o externas. Pero lo que no estaba en el amplio y cambiante catálogo de los actos indebidos es que los directivos construyan consenso con determinados jugadores para contratar a los directores técnicos. Todo en función de intentar garantizar el desarrollo de un proceso sin asumir los riesgos propios de la función de conducir un club. Un acto que antes era excepcional pero que en los últimos años se hizo de manual. Es que fueron recurrentes los episodios que dan cuenta de esta metodología, en la que los tan mentados códigos son moldeados según las conveniencias sectoriales, más en un fútbol en el que los valores ya fueron velados y sepultados. La falta de conocimiento futbolístico, la carente autoridad para hacer prevalecer el interés general y la búsqueda de complicidades como única garantía perdurable de gestión constituyen el formato que se fue implementado en determinados clubes, en el que los jugadores son artífices de la elección del entrenador. Para que quede bien graficado lo que ocurre en el fútbol argentino vale el ejemplo. Es como si varios empleados de una fábrica o de un comercio son convocados por los dueños de las firmas para preguntarles qué gerente, jefe o encargado quieren. Ejecutando así un sistema de elección que desde su implementación lo único que logra es debilitar la autoridad del elegido, porque su cargo ya no depende sólo de quien lo contrata sino también de aquellos a quien él debe dirigir, organizar y mandar. Sí, así de inconcebible, desde dónde se lo mire e independientemente de cómo se lo analice. La matriz de la explicación general a este fenómeno se encuentra en la precariedad de los directivos que padece el fútbol argentino, la misma que generó este presente institucional, deportivo y financiero de la AFA y varias instituciones. Con relación a esta forma de escoger entrenadores, el caso más reciente y elocuente es lo que sucede en Racing Club, entidad en la que Ricardo Zielinski cumplió un ciclo exiguo, en el que ganó con contundencia el clásico de Avellaneda, pero que poco importó porque ya a esa altura tenía el boleto picado, razón por la cual los resultados adversos posteriores lo único que hicieron fue darle el argumento a su salida, que ya estaba sellada de antemano. Claro, las derrotas en fila mostraron también rendimientos de algunos jugadores que distaron mucho de lo esperado. Pero ese dato no es un ingrediente conveniente para mensurar por aquellos que ya tenían configurado el plan de acción. Y así se hizo evidente que la llegada del ex entrenador de Belgrano no tenía consenso entre los jugadores emblemáticos del plantel y ellos mismos cuestionaron elípticamente al técnico luego de cada derrota, abonando así el malhumor cambiante y relativo de las tribunas. Zielinski, a sabiendas de este contexto con los futbolistas y enterado de los contactos informales con el entorno de Eduardo Coudet, cuando aún faltaba una semana para el receso del campeonato, optó por ahorrarse una reunión en la mesa de la hipocresía con los directivos racinguistas y renunció antes. Pero como la necedad tiene fecha de vencimiento, no sorprendió que enseguida trascendieran las ocasionales charlas que habrían tenido dos referentes del plantel de Racing con el Chacho, el ahora sí ya formalizado probable sucesor de Zielinski por el propio presidente Víctor Blanco, pese a que él mismo había reducido antes a malintencionadas especulaciones periodísticas la hipotética llegada del ex DT canalla cuando aún el Ruso estaba sentado en el banco de Avellaneda. Con el devenir del tiempo al menos muchos directivos, jugadores y entrenadores ya no hacen tanto esfuerzo para disimular el vínculo estrecho que existe entre ellos a la hora de elegir un conductor, porque también sucedieron episodios similares pero que recién trascendieron cuando alguna de las partes dejaron de estar en la novela. Como en el caso de Newell’s, cuando un directivo en vísperas de su alejamiento admitió que en su momento habían mantenido una reunión con un defensor y un delantero rojinegros para dialogar sobre la eventual llegada del Tolo Gallego, con quien ya habían charlado. “Le preguntamos qué opinaban para medir el nivel de aceptación”, dijo el ahora ex directivo, quien además especificó que el cónclave se hizo durante la concentración previa a un partido y admitió que el hecho generó cierta incomodidad dentro del plantel, porque no todos habían sido avisados. Ni siquiera quien era por ese entonces el capitán del grupo. Más allá de los hechos puntuales está claro que quien delega su responsabilidad es el dirigente, que hace una coparticipación indebida de funciones y lejos de fortalecer el proyecto futbolístico al que le da inicio con la llegada de un entrenador lo debilita con esta metodología, porque en definitiva quienes deciden sin asumir riesgos son los propios futbolistas, o mejor dicho algunos de ellos, los que cuentan con la representatividad del resto. Por eso la estabilidad de los técnicos es cada día más endeble, porque su autoridad futbolística con esta forma de selección está diezmada desde el mismo momento en el que fue elegido en conferencia con los jugadores, justamente a quienes debe ordenar. Y eso es muy difícil cuando el DT ya recibió la primera orden por parte de los futbolistas.

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