26 de diciembre de 2016

Irena Sendler, santa

Un ejemplo para no olvidar. Salvó a 2.500 niños judíos de morir en los campos de exterminio. Una historia de abnegación y heroísmo que merece ser recordada sin pausas.

Tzadik es un término hebreo que designa al “justo en plenitud”, al que antepone los intereses de su prójimo a los suyos. Viene de las raíces Tzedek, que significa “justicia”, y Tzedaká, que se traduce como “caridad”. En el Islam existe un término similar, saddiq. La traducción a las lenguas occidentales equivale a santo. En 1994, el escritor y cineasta franco polaco Marek Halter utilizó la expresión “Tzedek, Les Justes” para un documental sobre un grupo de “justos entre las naciones”. Irena Sendler fue uno de los testimonios: frente a la cámara sus palabras fluyen naturalmente, nuevas, sin la fatiga de aquellos relatos que se han repetido maquinalmente muchas veces. Irena había salvado de la muerte a 2.500 niños judíos, sin embargo se reprocha: “Todo el tiempo tuve la sensación de no haber hecho suficiente. Podría haber hecho más. Este pesar me perseguirá hasta la muerte”. Toda una definición de santidad. Nació el 15 de febrero de 1910 en Varsovia. Su padre era médico, murió trabajando durante una epidemia de tifus cuando Irena tenía siete años: “Nunca olvidaré unas palabras de mi padre: Si ves a una persona ahogándose, hay que saltar al agua aunque no sepas nadar”. Cuando estalló la guerra trabajaba como asistente en el servicio del Comité Ciudadano de Bienestar Social. El giro fundamental comienza el 16 de octubre de 1940, cuando los alemanes confinan a los 380 mil judíos de Varsovia en una pequeña zona de la ciudad rodeada de un muro de tres metros de altura y 18 kilómetros de largo. Se prohibió a los judíos salir del gueto y a los polacos ayudarles. Ambas actividades estaban castigadas con la pena de muerte. Sin embargo los miembros del servicio del Comité Ciudadano de Bienestar Social, liderados por Irena, se las arreglaron para entrar. “Todo comenzó con el deseo de salvar a mi amiga Ewa Rechtman: los alemanes tenían pánico a una epidemia de cólera, entonces encomendaron a la oficina de Bienestar Social que nos hiciéramos cargo de la situación. Cruzábamos la puerta del gueto varias veces al día. Disponíamos de dinero de la oficina, además de comida, medicamentos y vendas. Además, nos vestíamos con varias capas de ropa para repartirla en el gueto, algo que, con lo flaca que estaba, no me resultaba nada difícil.” El panorama era terrible: “Cada vez que pasaba veía cómo el horror crecía, lo peor eran los niños, esos pequeños seres indefensos, Decidí salvarlos a cualquier precio”. Sus compañeros decidieron apoyarla. Irena Sandler debía enfrentar cuatro tipos de problemas, cada uno más difícil que el otro: debía encontrar medios de salir con los niños del gueto. Para ello logró la ayuda de algunos personajes astutos que le mostraron varias salidas secretas. El segundo problema era encontrar familias para refugiar a los niños, darles nuevas identidades y formación no judía, para eso contó con el apoyo de familias y organizaciones católicas. El tercero, quizás el mayor, fue convencer a las familias. Muchos judíos, incluso autoridades de la comunidad, creían que todo se trataba de un pogromo más y que tarde o temprano saldrían libres: “Imagine que soy una goy desconocida, yo, o uno de mis colegas, yendo a una familia y diciendo: «Puedo salvar a su hijo». Me preguntan enseguida: «¿Qué garantías tendremos de que el niño vivirá?». Yo contesto «Ninguna. Ni siquiera yo sé si podría salir del gueto con el niño». Evidentemente hay una consternación en la familia. La madre, la abuela, el niño, todo el mundo llora, cada uno toma al niño en sus brazos, y el padre, más razonable, dice que hay que entregarlo. A veces aceptaban confiármelo, a veces se negaban. No me sorprendía, yo era una desconocida”. Con frecuencia le sucedía de pasar frente a una casa en la que le habían negado el niño y comprobar que toda la familia había sido embarcada con destino a los campos de exterminio. Por último, las operaciones de traslado eran altamente riesgosas. En esa tarea un conductor de ambulancias fue decisivo: “Luego de sus horas de servicio, iba a buscarme con el niño al lugar convenido. Usted puede imaginarse… hoy… el calvario de ese ser de dos, tres o cuatro años, arrancado a su madre, a su padre, a su medio. Era una verdadera tragedia. Cuando estaba en la ambulancia, no podíamos ponerle una bolsa en la cabeza ni darle somníferos, a pesar de todo. Ese chofer adorable preparaba un rincón para esconder al niño, pero el pobre lloraba desesperadamente. Un día el chofer me dice: «Jefe, ¡Pasamos delante de los guardias y el chico aúlla. Nos van a agarrar». Pero Antoine encontró la solución: «Voy a llevar un perro malo que ladre muy fuerte y al pasar delante de los guardias, le voy a pisar la pata y el perro ladrará aun más fuerte y ya no se oirá al niño»”. Ya a salvo, Irena hacía una ficha con cada niño: los nombres auténticos y falsos, y las direcciones, con la ilusión de devolverlos a sus familias de origen después de la guerra. La guía se componía de una serie de trocitos de papel enrollados como un carrete y guardados en un frasco enterrado junto a un manzano. En 1942 se unió a una organización clandestina, Zegota, que constituía un consejo polaco específico de ayuda a los judíos. La organización contó con el apoyo de numerosos activistas católicos y el gobierno polaco en el exilio. Se calcula que Zegota salvó a 50 mil judíos de la muerte. Marek Halter le pregunta: “¿Usted no tenía miedo?”. “Si, yo tenía miedo, pero vea, lo que jugaba a mi favor era la audacia. Cuando uno es joven es audaz, rebelde… ¿Si tuve miedo? ¡Por supuesto que sí! Por ejemplo, cuando me arrestaron”. Fue el 20 de octubre de 1943 cuando se la llevó la Gestapo. Fue torturada día y noche, sin conseguir ni un solo dato. “Guardé silencio. Prefería morir a dar a conocer nuestro trabajo. ¿Qué importancia tenía mi vida frente a la de otros muchos hombres?”. En medio de los terribles dolores “una vez encontré una estampita arrugada en un colchón: “¡Jesús! ¡En ti confío!”. La escondí y la llevé siempre conmigo”. Luego de tres meses fue condenada a muerte, pero cuando era conducida al lugar del fusilamiento un guardia, sobornado por Zegota, le permitió escaparse. Luego vino la liberación, el gobierno comunista, que la condenó al silencio, el reconocimiento de Yad Vashem, en 1965, alguna entrevista y por fin el salto al reconocimiento universal merced a cuatro jóvenes estudiantes de un pueblito perdido de Kansas. Luciano ÁlvarezEl País, Montevideo

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