13 de enero de 2017

Helado y golazo

Mi papá nació a 90 kilómetros de Rosario, en Chabás, pueblo castigado y movilizado esta semana por el agua y reiteradas inundaciones.

Mi papá nació a 90 kilómetros de Rosario, en Chabás, pueblo castigado y movilizado esta semana por el agua y reiteradas inundaciones. Parece una ironía impropia para estos días pero allí, en tierras chabasenses, mi papá es Lagunero como todos los hinchas de Atlético Chabás, el club albiceleste que queda de un lado de la vía. Del otro lado se ubica el rival histórico: Huracán de Chabás, el rojiblanco que todos por esos lares dignan en bautizar los Zapatudos. Pero como la cosa no es ni simple ni binaria en materia futbolística en los pueblos, mi papá como otros tantos, es simpatizante de Atlético y también de Racing. Sí, tal vez por los colores, su papá —mi abuelo— al inclinar el corazón hacia un club porteño no elegió ser bostero ni millonario sino hincha rabioso de la Academia, mote que se había ganado el club de Avellaneda al lograr nueve títulos en el amateurismo, nada menos que siete consecutivos.
Si una quisiera ser políticamente correcta podría decir que mi viejo llevaba también en su corazón la camiseta de la selección. Pero sería faltar a la verdad. Los dos buenos motivos por los que amaba la celeste y blanca eran Atlético de Chabás y Racing. Y así, dividido en dos camisetas del mismo color lo encontró el año 1967. El 4 de noviembre Racing tenía que jugar la tercera y definitiva final de la Copa Intercontinental contra el Celtic Football Club, de Escocia. Uno había ganado la Libertadores y el otro, la Copa de Campeones de Europa 1966-67. Era la pimera ocasión en la que un equipo argentino llegaba a esa competencia. Mi viejo, por entonces de 30 años, decidió viajar a ver el partido. Y mi mamá, de 24, también chabasense (pero Zapatuda) resolvió acompañarlo.
Desde hace años escucho a mis padres contar la historia del viaje a Uruguay para ver la final. Mi mamá, que apenas conocía su pueblo, un poco de Rosario y algo de pasada a Buenos Aires, dice que ese viaje en barco por el Río de la Plata hacia el país charrúa fue “lo más”: toda una novedad. A tal punto lo fue que cuando llegó al estadio Centenario y lo vio de bote a bote, le preguntó a mi papá: “¿Cuántos millones de personas hay?”.
Exagerada la pregunta pero no tan difícil la sorpresa. El estadio del parque Batlle, declarado por la Fifa como Monumento Histórico del Fútbol Mundial, no sólo era y es el de mayor capacidad de Uruguay sino que es uno de los quince más grandes de América. Y estaba lleno.
Cuando mi mamá y mi papá llegaron a Montevideo, cambiaron dinero en el centro y compraron dos plateas. Dicen que al llegar al estadio hicieron una larga cola. Y cuando finalmente las entregaron para ingresar, le dijeron a mi papá: “No pibe, estas son falsas”. Desahuciados y en tiempo de descuento, mi papá miró a mi vieja, la agarró de la mano y le dijo: “Seguime”. Dieron vuelta como poseídos por todo el estadio hasta que consiguieron dos populares. Entraron.
Hay que tener en cuenta que en Uruguay las cosas estaban ásperas. En lo social, en lo económico y en lo político: sueldos congelados, precios por las nubes y una inflación del 182 por ciento. Y había un clima de cierto rencor con los argentinos, potenciado como suele pasar, con el fútbol. Mi papá retrata ese momento desde lo gastronómico. Cuenta que fueron a cenar y pidió un bife. “Si querés comer carne andá a tu país”, lo invitaron.
Sucede que entre otras cosas escaseaba la carne, todo un síntoma de la crisis. O sea, el horno no estaba para bollos y mucho menos para tolerar el entusiasmo futbolero extranjero cuando Uruguay se había quedado sin Copa Libertadores, por culpa de Racing que le ganó la final a Nacional.
En ese contexto mis viejos entraron a una cancha, poblada por simpatizantes de Peñarol que hinchaban para Celtic. “Mirá”, le dijo mi papá a mi mamá, “tenemos que llegar hasta allá arriba, si alguien te dice algo grosero por la pollera no digas ni mú o se arma”.
La advertencia a una mujer bonita, joven, con camisa escocesa, mocasines y pálida de susto hacía eje en una pollera color tostado, que hacía juego con los zapatos y cartera, y terminaba apenas unos centímetros arriba de las rodillas. Corta para la época; hoy nadie la llamaría minifalda. Así subieron a lo más alto de la popular.
Según mi papá, el partido no era gran cosa pero se sentía tenso. A los 37 minutos del primer tiempo cada equipo se quedó con un jugador menos: Alfio Basile y Robert Lennox. Y en el arranque del segundo, el árbitro paraguayo Rodolfo Pérez Osorio le sacó una polémica roja a Jimmy Johnstone, figura de Celtic. Mi mamá miraba todo pero poco interés. Y empezó a sentir el hambre del aburrimiento. En medio de su abulia, en el minuto 52, vio pasar a un heladero.
“¿Me comprás un helado?”, le dijo a mi viejo, que con cierto fastidio se dio vuelta y llamó al vendedor.
Ya en el minuto 54, el tipo se acercó a ambos, puso el pie en el escalón de la popular y sobre la misma pierna apoyó la heladerita de telgopor. Buscó un helado. Minuto 55. Encontró uno y se lo dio a mi mamá.
De espaldas a la cancha, mi viejo sacó la billetera, mirando obsesivo hacia atrás y hacia adelante, mientras esperaba el vuelto y mi vieja comenzaba a saborear el helado con parsimonia. En ese momento, en ese mismo instante, todos los hinchas que entraban en el campo visual de mi viejo comenzaron a levantarse y a gritar. “Goooooooooooooollllll”. Al grito alargado, eterno, lo sintió detrás de su nuca: “Gooooooooooooolllllllllllllll”, lo sintió a sus costados, adelante, abajo y más allá. “Goooooooooooooooooooooooooolllllllllllll”, en el minuto 56. “Gooooooooooooooooooooooooooooll!!!!!!!!!!!!!!!!!!”.
El Chango Cárdenas había metido un zurdazo de media distancia. Un golazo, histórico. Y mi papá no lo vio.
“Cárdenas, abierto Maschio a la izquierda, Cárdenas, gooooooooooooool de Racing, terrible impacto de Cárdenas, la Argentina en ventajaaaaaaaa”. Así lo gritó Fioravanti, “la voz mayor del fútbol”. Así, en blanco y negro, lo escuchó mi papá recién al llegar a Rosario. Así lo contó él, siempre, desde ese mismísimo día y hasta el día de hoy, una y otra vez. Siempre contó el gol que no vio.
Como buen futbolero, mi viejo no se olvida fácilmente de recitar planteles enteros, buenas jugadas y golazos. Tampoco se olvida más de ese viaje: ni de la genialidad de Cárdenas ni del Racing campeón del 67, ni del pedido de mi mamá en la cancha, ni del helado, claro.

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