06 de noviembre de 2016

“En la vida hay que pelearla cada día”

Nicolás Becerra tiene 18 años y ama el rugby. Un accidente durante un partido cambió para siempre su vida y lo obligó a usar una silla de ruedas. Sin embargo, sigue yendo a la cancha cada semana ya que se convirtió en el mánager de su equipo. Un ejemplo de fortaleza y resiliencia para todos sus amigos.

Los fines de semana está en la cancha, pero el deporte es parte de su vida, cada día. Aunque sufre una parálisis desde hace años, Nicolás Becerra sigue siendo un rugbier, de esos que se destacan por su garra y pasión. Tiene 18 años, seis hermanos y vive en zona norte. Se crió con su abuela, que es su gran apoyo, y su papá. Fue un vecino del barrio, Rubén, quien lo llevó, luego de insistir bastante, a una cancha de rugby por primera vez. “Soy delgado, alto y no tenía cuerpo de rugbier. Pero un día, no sé bien por qué, estaba en la puerta de mi casa y llegó Rubén. Antes de que me invitara otra vez le dije que sí, que iría a la práctica”, rememora Nicolás, quien por entonces tenía 13 años. Y justamente fue su vecino quien le consiguió los primeros botines. Con él se animaron dos amigos más y empezaron sus prácticas en el club Universitario (UNI). Nicolás no paró más. Iba a entrenar tres veces por semana y jugaba los domingos. En una charla con Más habló de sus sueños, de sus desafíos, de cómo se ve y se siente hoy después de la tragedia que vivió cuando a causa de una lesión durante un partido quedó con una parálisis que compromete su movilidad. “Siempre practiqué varios deportes. Soy hiperactivo. Hice fútbol y básquet en un club de barrio pero también iba a natación y practicaba handball en la escuela”, enumera. Nicolás cuenta que se enganchó con el rugby, que jugaba como wing y descubrió que era muy veloz corriendo. Se enfocó en el deporte que además de la destreza física le enseñó valores como el respeto, la fortaleza, la amistad. “Eso fue lo que me conquistó”, confiesa, y cuenta que con el equipo siempre se sintió unido, como en familia. “En la cancha somos rudos, pero afuera somos hermanos”. Dos años más tarde su vida dio un giro tremendo, un volantazo. Un momento desgarrador que dejaría sus marcas para siempre. Describe ese instante con una claridad absoluta y sin poder ocultar las lágrimas, las que resbalan silenciosas por sus mejillas. “Fue el domingo 25 de agosto, entre las 12 y 12.30 del mediodía. Había ido a ver un partido a la cancha de Central (porque soy canalla) el día anterior, y ese fin de semana jugábamos en el club Logaritmo. Me pasaron a buscar y estábamos en pleno primer tiempo cuando, en una jugada en que quebré la línea del tackle, pasé por el medio de dos jugadores… al dar el pase a un compañero me tacklearon por la cintura y di una vuelta carnera en el aire. Cuando caí sentí un golpe seco en la nunca y desde ahí no me pude mover más…”. Es necesario un rato de silencio para que Nicolás se recupere.   Recuerda que cuando sintió el golpe quedó paralizado, que lo sacaron en camilla y ya en una ambulancia fue directo al sanatorio. “Ese viaje fue tremendo porque la calle estaba llena de pozos y yo sentía todo. Fue el peor de mi vida, lloraba del dolor”. En la puerta de la clínica se desmayó, y ahí todo se vuelve negro. Nada, de nada.   Lo operaron inmediatamente y le reconstruyeron la columna. Cuando se despertó estaba en terapia intensiva. Sin entender mucho qué pasaba pudo ver a su papá, a su mamá y también a varios de sus hermanos. Se daba cuenta de que sólo podía mover la cabeza, pero nadie le explicó entonces lo que realmente había pasado. Los silencios que lo rodeaban eran elocuentes. Las caras tristes a su alrededor decían lo que las palabras no podían.   Cuando la ambulancia se fue de la cancha llevando a Nico, el partido se frenó y todos los jugadores con la camiseta sudada fueron corriendo al sanatorio. Nadie quería dejarlo solo. Ahí estaban sus amigos, apoyándolo, queriendo verlo. Pero nadie les daba una verdadera respuesta.   Fueron todos los días a acompañarlo, se turnaban para estar en todo momento.   De a poco Nicolás se fue dando cuenta de que se había roto la columna y de que esto le había provocado una lesión medular que le impedía moverse. Cuando pudo, recibió algunas visitas pero tenía que ir asimilando lo que le pasaba, de a poco.    Estuvo internado un mes y medio, y pasó nueve meses en una clínica de rehabilitación en San Jerónimo. Esa fue, según recuerda, la etapa más crítica.   Allí lo iban a visitar su familia y también los chicos de rugby. Él no olvida ese apoyo incondicional, esas muestras de amor.   Después de esos larguísimos meses logró recuperar varios movimientos. Pero su rutina diaria sigue siendo ir a rehabilitación. Hoy puede mover un poco sus brazos y girar la cabeza. También hacer algo de presión con la mano izquierda, lo que le permite agarrar algunas cosas. En su silla de ruedas se maneja con destreza. Dice, emocionado, que en todo este tiempo su familia, su abuela y sus “hermanos” del deporte fueron su gran sostén emocional.¿Volver y no jugar?Al año de su accidente Nicolás se debatía entre volver o no al club. Por un lado quería seguir haciendo esa vida de deportista, pero sabía que no podía y que entonces, tal vez, había llegado el momento precoz de retirarse. Sus amigos pensaban todo el tiempo cómo podían lograr que volviera porque había sido un factor importante en el equipo. Todos lo necesitaban.   Así fue que en 2014 hubo un torneo y le propusieron estar. Fue la primera vez que volvió al club después de aquellos meses duros.   Era sábado. Jugaba un partido su categoría y había otros clubes en el predio. Nicolás disfrutó de ver rodar la ovalada desde afuera, pero a la vez no estaba cómodo, no sabía bien qué hacer…   Aunque fue una prueba muy intensa supo que no quería alejarse. Entonces empezó a ir cada vez más seguido.   Al poco tiempo sus compañeros de equipo le hicieron una propuesta: ser el mánager de su categoría   Como mánager podía estar todo el tiempo con los chicos, no perderse un partido, organizar los viajes y preparar todo lo que hiciera falta para que puedan jugar. Nicolás volvió a ser uno más del grupo y desde entonces desempeña su papel con gran responsabilidad. “Conozco mucho a los chicos y sus mañas. Sé quién se tiene que hacer estudios médicos, por ejemplo… a mí no me pueden engañar”, relata con ternura mientras ríe.   Nicolás siguió además con la escolaridad y este año termina el secundario. Junto a un amigo se anotó en la Universidad Nacional de Rosario para estudiar abogacía.Algo que descubrirSin desearlo, Nicolás es un ejemplo. Son sus amigos los que dicen esto con absoluta seguridad. Son ellos los que lo ven esforzarse por hacer todo bien, por cumplir con sus compromisos, sin pereza, sin quejarse y dándoles ánimo, siempre.   Después de mucho meditar sobre lo que le había pasado, este joven rosarino de 18 años a quien la vida le puso por delante una prueba enorme dice con firmeza: “Lo que me pasó me enseñó que no debo parar nunca porque detrás de lo que nos pasa hay algo que descubrir. Yo encontré muchísimas personas muy buenas que no sabía que estaban. Sé que aún tengo que crecer y descubrir más, mucho más, pero sé la calidad de amigos que tengo, lo excelentes que son mis kinesiólogos, lo que se puede hacer por un amigo. Por los demás. Es así, en la vida hay que pelearla, cada día”.Garra de PumaDesde que sufrió el accidente recibió cientos de muestras de solidaridad y cariño, desde sus rivales hasta los Pumas estuvieron cerca. Entre ellos destaca a Juan Imhoff y Gerónimo de la Fuente, que lo fueron a visitar cuando estaba internado.   Hace un tiempo los Pumas jugaron un partido contra Australia y con todo lo que se recaudó se hizo una colecta para ayudarlo. Fue Imhoff quien personalmente se acercó al sanatorio a regalarle su camiseta, esa con la que había jugado siempre.La hermandadRodrigo Domínguez es uno de los “hermanos” del rugby de Nicolás. Juega desde los 12 años y a los 14 se conocieron. Recuerda que el día del accidente él estaba fuera del partido porque se había lesionado. “En ese momento no entendíamos qué pasaba, no reaccionamos hasta que vimos entrar la ambulancia”. De ahí se fueron directo a la clínica. Los entrenadores los acompañaron y uno de ellos intentó explicar qué había pasado. “La primera reacción fue abrazarnos, como hacemos en la ronda de rugby, y hablar. Nos dijeron que si queríamos llorar que no lo hiciéramos delante de los familiares, que teníamos que ser fuertes”.   “Hoy es nuestro mánager y para mí es un ejemplo. Es el mejor chico que conocí, la mejor persona, y una muestra permanente de voluntad y autosuperación. ¡Es un grande!”, dice Rodrigo con una gran sonrisa y agrega que su amigo no se pierde un partido, que es quien completa la planilla, el que habla con los otros equipos y organiza todo. Fuera del rugby siguen saliendo juntos, van al cine, como antes. “Sentimos por Nico un respeto enorme. Para nosotros sigue siendo el mismo: un chico de fierro que siempre te va a entender”.

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