06 de septiembre de 2016

El jueves se estrena “El ciudadano ilustre”, con Oscar Martínez

Gastón Duprat y Mariano Cohn abordan el éxito con ironía. El filme fue ovacionado en Venecia, donde compite en la sección oficial.

Un fuerte y prolongado aplauso selló anteanoche la función de gala en premiere mundial de “El ciudadano ilustre”, el de Gastón Duprat y Mariano Cohn que ingresó en la competencia por el León de Oro en el Festival de Venecia. Las críticas de la prensa italiana fueron también favorables para la película que protagoniza Oscar Martínez y se estrena pasado mañana en Rosario, quedando posicionada como la segunda mejor propuesta de aquellas que se vieron hasta ahora en Mostra, según la opinión de los críticos, y la primera para el público. “El ciudadano ilustre” cuenta en tono de comedia incómoda la historia de un Premio Nobel de Literatura argentino que vuelve al pueblo que lo vio nacer, y que fue el territorio de toda su invención ficcional, luego de 40 años, para recibir un premio que bien podría ser un castigo. La historia no es ajena a la literatura argentina en el sentido de que más de un escritor dejó el país pero lo mantuvo presente en lenguaje y espacio ficcional como los casos de Juan José Saer, el mismo Julio Cortázar o, el más evidente de Manuel Puig, que tuvo que salir corriendo de General Villegas por algunas cosas que ficcionalizó en su genial “Boquitas pintadas”. En el caso de Duprat-Cohn, se trata del escritor Daniel Mantovani, interpretado por Oscar Martínez, que vive en Barcelona y luego de recibir el Nobel ingresa en una vacío creativo de más de cinco años y ante esta desventura creativa y cierta fobia a la celebridad decide regresar al pago chico de Salas, donde situó todas sus historias y del que salió intentando huir del aire y la chatura pueblerina. La película, filmada en abril y mayo de 2015, tardó más de cinco años en concretarse y tuvo que atravesar no pocos escollos y es como un salto de la dupla que 16 años atrás arrancó trabajando junta en aquel inefable programa televisivo que negaba de hecho la forma de concebir la pantalla chica y que se llamó “Televisión Abierta”, que, sin filtros, daba el micrófono a quien lo deseara, en un deliberado acto provocativo. Luego de eso vinieron otras películas: “Yo presidente”, “El artista”, “Querida voy a comprar cigarrillos y vuelvo” y “El hombre de al lado”, la más similar, o acaso complementaria, con esta que comparte también guionista, el actual director del Museo de Bellas Artes y hermano de Gastón, Andrés Duprat. —¿Cómo analizan esta película dentro de lo que es el desarrollo cinematográfico de ustedes? —Duprat y Cohn: Continuamos con cosas que nos pertenecen como es hacer un cine autoral y tener un punto de vista fuerte desde la dirección y, al mismo tiempo, en este caso, como en ningún otro, aspiramos también y estamos contentos de haber hecho la apuesta por un trabajo que necesita ser comercial en el sentido de que necesita que la gente vaya a las salas a verla; es algo interesante porque apostamos por la gente, pero sin ningún tipo de concesión autoral. —¿Eso los obliga a una narración cinematográfica distinta? —Desde el punto de vista de la narración la película tiene recursos genuinos nobles que tienen que ver con la identidad estética nuestra como directores y también con la decisión de no escondernos en ningún “supuesto refugio de estilo” sino ser generosos con el público, ser llanos, ser transparentes, tomar el toro por las astas en todas las situaciones narrativas que la película lo requiera pero que esto no vaya tampoco en contra de la mirada propia. En el cine independiente argentino circula un chiste, dice que algunos directores hacen un “estilo” a partir de la repetición de una serie de limitaciones película tras película. —Igual que “En el hombre de al lado”, acá les gusta meter el dedo en la llaga en un problema concreto y ver qué pasa, qué se suscita… —Tomamos temas que nos son propios por el universo en que nos movemos y que plantean un dilema moral, el espectador tiene que tomar posición por uno o por otro personaje y esa posición, en general, va variando a lo largo de la película, esa es una de las claves del planteo en las dos: tenés que tomar posición, sos activo, podés estar en un bando y después cambiar al otro, la película te obliga a ir y volver, los juicios no son definitivos ni absolutos, hay un movimiento viendo la película, nadie puede bajar la persiana y decir “me quedo con este”, siempre está la cosa interpelándote, en movimiento, eso le da una cierta intensidad, necesitamos una decisión del espectador, es el juego que planteamos. —Eso sucedía también en “El hombre de al lado”… —Tienen algunos tópicos en común, la hicimos con el mismo guionista y más allá de la trama que es distinta, hay un universo común, aunque esta no es tan radical como la otra, que la hicimos de manera más inconsciente sin saber bien qué estábamos haciendo, esta está más premeditada, más pensada, por un lado porque tuvo más tiempo de desarrollo y por otro porque uno haciendo películas aprende mucho y después lo puede volcar en la que viene, pero las dos buscan eso de que la gente se vaya del cine discutiendo y debatiendo. —Y lo hacen con temas argentinos, que también ponen en cuestión quiénes o cómo somos… —Sí, pero después nos enteramos que no son solo argentinos; por ejemplo, en “El hombre de al lado”, que se estrenó en muchos países, nos llovieron mails de todo el mundo de gente que hacía comentarios de problemas similares con los vecinos, acá relatamos el caso de una celebridad que vuelve a su pueblo natal y lo hacemos bajo códigos argentinos que tienen que ver con la idiosincrasia nacional pero es trasladable completamente, hay casos en todo el mundo, el culto al ídolo es un problema mundial, una patología planetaria. —¿Pero este pueblo no es acaso una metáfora de la Argentina? —Podría ser, pero también hay una metáfora de Europa en la película si querés, que te la muestra como una cosa sórdida, estancada, aburrida, con monarquías que dan premios, un lugar donde tenés mucha probabilidad de saber qué va a pasar mañana, el año próximo y dentro de tres años, la película también pone en entredicho la visión del confort propia de Europa. —¿Y este amor odio por las celebridades también es de Europa? —En un momento le acercamos el guión a Pedro Alomodóvar para que lo leyera y nos contó que le había pasado algo parecido, que en su época de megaéxito de los 80 volvió al pueblito donde nació a recibir una medalla de ciudadano ilustre y que una vez ahí, cuando lo conocieron, vieron cómo eran sus gustos, su idiosincrasia, sus manera de pensar y vivir, lo repudiaron por completo.

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