28 de enero de 2017

El equipo del rioba

Cada sábado por la tarde (ese día no falla, pero puede ser otro), ellos preparan el bolso apenas se levantan, preguntan “¿dónde están las vendas?”

Cada sábado por la tarde (ese día no falla, pero puede ser otro), ellos preparan el bolso apenas se levantan, preguntan “¿dónde están las vendas?” o las medias, repasan una y otra vez para no olvidarse los botines, menos las camisetas ni los yeites para las contracturas, miran cada diez minutos el reloj que no pasa más y al llegar la hora señalada usan cualquier medio de locomoción para llegar rápido a la cancha, dejando en un absoluto segundo o tercer plano cualquier obligación que los hubiere ocupado hasta entonces. Para el futbolero de ley, que durante la semana se dedica a otra cosa, el rito se cumple a rajatabla y no hay edades que lo frenen. Es la hora de ir a jugar a la pelota, de competir como los profesionales (eso creen ellos) en cada uno de los mil torneos amateur que la ciudad ofrece, de hacer el primero, el segundo y, sobre todo, el tercer tiempo con los amigos de siempre, cada uno con la misma pasión y sus señas bien marcadas. Aquí están, ellos son, los del equipo del rioba: Estos son los arqueros No es de extrañar que en estas lides no se vean arqueros atléticos ni lungos sino más bien petisos y/o gorditos. Los primeros son los que a siempre les gustó atajar pero fueron inhibidos desde chicos por el arquetipo de que los guardametas debían ser altos. La consideración que ganó Ubaldo Matildo Fillol les hizo ganar status, pero el Pato no era lo que la imagen televisiva o de cancha indicaba: pasaba el metro ochenta. Y no pudieron prosperar. Son de 1,60 metro de alto, en un rango de – 10 centímetros, y lucen eso sí por su agilidad. En el rubro hay que incluir a los arqueros gorditos. Son los que a nunca les gustó correr demasiado y se dieron cuenta rápido que el negocio para ser futbolista estaba bajo los tres palos. Entre petisos y/o gorditos los que más se las creen se identifican porque van con guantes. Los que saben que los mandaron al arco porque si no se hubieran quedado afuera de todo, suelen actuar a mano limpia y estos, a diferencia de aquellos, quedan con las rodillas peladas por no saber tirarse. A esta raza se los ve generalmente, eso sí, en arcos de canchas de 7 u 8. Tampoco quieren hacer papelones, caramba. Eso sí, por lo general son más buenos que Lazzie atada afuera del field y más malos que la sarna adentro. Por una cuestión de hacerse respetar, claro. El tronco inconsciente Los “troncos-troncos” han sido siempre como estrellas fugaces en los campitos. Esa categoría de jugadores conscientes de sus limitaciones aparecían y desaparecían rápidamente, al son de las cargadas y las miradas de reojo de los propios, y el baile que les propinaban los ajenos aún sin ser superdotados. Ese nivel de conciencia, como se dijo, les permitía a los “troncos-troncos” darse cuenta más temprano que tarde que lo suyo estaba en otro lado. En cambio, los “troncos inconscientes” nunca se creyeron troncos y por eso han traspasado las barreras del tiempo para seguir alimentando los torneos de veteranos. Generalmente son zurdos, antiarquetipos de los cracks que son por regla zurdos. Son los capaces de mandarse por la punta convencidos de que llegarán hasta el fondo y mandarán un buen centro, o que engancharán por el medio para quedar de frente al arco y someter a los arqueros de turno, algo que nunca ocurrirá indefectiblemente. Jamás asumirán el reproche de los compañeros que lo verán sin más, o tirados por el piso, o sin la pelota al cabo, robada por los rivales sin mayores complicaciones. Eso sí, son especímenes de cuidado. Ante la pérdida recurrente del balón, o porque no tienen la mira calibrada, son generalmente los autores de espectaculares patadas o zancadillas que dejan a su equipo con un hombre menos. Eso sí, como no todo está perdido en ellos, suelen ser aguerridos y meter miedo por correspondencia. Por lo tanto son más útiles sin la pelota que con ella en los pies. El crack despreocupado Sabedor de que es el desequilibrante, generalmente se hace rogar. Mientras todo el mundo hace media hora que está al borde de la cancha esperando que termine el partido anterior (que siempre viene retrasado), el “crack despreocupado” llega a paso lento, con las vendas sin enrollar y en ojotas. De la indumentaria necesaria para entrar al césped (o la tierra) sólo trae el pantalón corto. Colocarse el resto le demandará unos minutos más que hará poner aún más ansiosos a los compañeros. Pero entre las puteadas acostumbradas por las llegadas tarde de siempre, prevalece al fin el indulto porque todo el mundo sabe que sólo él resolverá las cuestiones que natura no le dio al resto. Ojo, en los torneos amateur muchas veces el crack no es el que arriará rivales con una gambeta o asistirá indefectiblemente bien al chupamate (categoría que merecerá, claro, su tratamiento aparte), sino el 2. Ni zaguero, ni marcador central, ni defensor, simplemente: “el 2”. Los buenos “2” no abundan tampoco y ellos traen los mismos vicios de los cracks talentosos. Pero jugando saben ganar siempre de cabeza, salir con la testa levantada, son tiempistas excepcionales, la entregan redonda en el pase corto y en el pelotazo, y gozan de igual status que los cracks. Los equipos que poseen un “2” tienen la mitad del partido resuelto y ellos también son tan despreocupados, impuntuales y cansinos al llegar como los cracks. Ambos, al fin, son siempre perdonados. Y ellos lo saben más que nadie. El protestón Cumplen un rol fundamental en los equipos. Pero están los “protestones inteligentes” y los “irascibles”. Estos últimos son un contrapeso, rápidamente los despachan los árbitros de turno y no aprenden nunca, por eso durante el año están más afuera que adentro y, si son muy queridos en los grupos, hasta obligan a cambios de torneos cuando son echados de las ligas por reiteración de insultos. Pero en general, los “protestones inteligentes” tienen una gran ascendencia y son los encargados de sacar ventajas por métodos espúreos, como tratar de convencer al árbitro de no cobrar faltas evidentes o de preparar el terreno por reiteración de pedidos sin agravios, para que en la siguiente cobre a favor. Además, este tipo de protestones suelen adosar otra característica, la de cometer faltas violentas y hacerlas nimias ante los ojos del juez. Son los del puntín a la canilla desapercibido para el ojo no entrenado, el del codazo al hígado en un forcejeo que parece común y que, si el juez se aviva y cobra, terminará antes de cualquier reacción de tarjeta con el pedido de perdón a la víctima para atenuar la pena. Hasta los ayudarán a levantarse del piso sin sentir ningún remordimiento. Los eternos simuladores Parecidos a los protestones y los hay de dos tipos como aquellos. Los “de oficio”, que inventan la falta que el juez compra, son aquellos que generalmente han tenido experiencia en las inferiores de los clubes de primera o hasta jugaron en la Rosarina. Bichos, saben cuándo y cómo tirarse, y no abusan del método, logrando casi siempre su cometido. En cambio, los simuladores “eternos principiantes” generalmente caerán lejos de los defensores, harán penales con manos alevosas o se tirarán justo cuando había un compañero libre para meter el gol. Y como el juez casi nunca les cobrará a favor, los simuladores “eternos principiantes” se convertirán en “protestones irascibles” con el final sabido: roja y afuera. El relator Infaltable en cada equipo que se precie de tal. Si no hay un relator que en medio de los partidos oficie de descriptor de las jugadas en curso, no hay equipo. El relator no tiene bien en claro la frontera entre ordenar y relatar. El que ordena usa las palabras justas y necesarias, generalmente son defensores y lo hace con los compañeros de zaga. En cambio el relator puede atrincherarse en cualquier sector del campo. Tienen veleidades de capitán pero no son aceptados como tal y por lo tanto son conminados a callarse por los propios compañeros, algo que suelen agradecer los rivales que tampoco lo bancan más. El relator cede al fin con algún bufido pero mientras están tomando la coca y el porrón para reponer energías (nunca nadie pondrá en discusión si tales bebidas son o no energizantes), vuelve a la carga, describiendo cada una de las acciones, en especial las fallidas, porque entiende que así indicará el camino para corregirlas. Luego de un rato, también ahí las miradas torvas y/o asesinas, lo obligarán a callar. También pueden incluirse otras categorías. Aunque no siempre, en cada equipo están los “hipocondríacos”, que siempre refieren molestias, antes y después del match. Los “depre”, que se van de partido cuando erran un gol imposible. Los “Bernardos”, que no emiten palabra y por eso mismo son los que más corren. Los “inculpables”, que nunca se hacen responsables de ninguna chambonada (esas que jamás faltan) e inventarán teorías de las más desopilantes para explicarlas. Están los “principistas”, defensores del juego de Menotti pero que en la cancha hacen el de Bilardo. Están los que ya se dieron cuenta que no están más para el adentro sino para el afuera de la cancha y asumen el rol de técnicos y/o asadores de falda. Y por último están ellos, los que siempre se llevan los laureles: los odiados y amados “chupamates”. El chupamate El chupamate viene del fondo de la historia del fóbal. Dicen que existió desde el mismo momento en que la de tiento empezó a rodar. Son los eternos perezosos pero con porte alto, flacos o panzones. Los que sólo se mueven en un breve contorno, en un radio de no más de 5 metros del centro del arco hacia adelante. Difícil que la vayan a buscar a los costados, menos que bajen hasta el medio. Son además comilones por naturaleza, egoístas que cuando la reciben no la dan ni a palos, pero que enseguida encuentran la redención de los suyos al embocarla. Hacen fácil al cabo lo más difícil y aunque sus camisetas apenas terminan empapadas en sudor, se quedan con el último grito. Cuando las cosas van mal, por la falta de esfuerzo reciben las puteadas de los suyos, los mismos que lo abrazarán cuando resuelva el intríngulis del gol. Ningún equipo con pretensiones, al fin, puede prescindir del “chupamate”. freddy.JPG

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