12 de febrero de 2017

El discreto encanto de los sueños lúcidos

Una de cada cuatro personas logra darse cuenta con frecuencia de que está soñando y hasta puede dirigir el curso de sus fantasías oníricas. ¿Pero puede esto ser algo más que un divertimento?

Donde la mayoría de la gente se retira para dormir, ellos se disponen a viajar… sin moverse de la cama. Son los soñadores lúcidos: personas capaces de darse cuenta de que están soñando y que pueden modificar a voluntad el curso de sus fantasías oníricas. “Uno llega a tener la lucidez de alguien que está despierto”, asegura a Más Javier Elkin, un psicólogo de 26 años que tiene estos sueños a menudo y está completando su doctorado en neurociencias en Londres. “Es como estar en un juego de realidad virtual. Imagino que es una experiencia parecida a la de un dios que crea y desintegra personas y mundos”, desliza. Los sueños lúcidos se han descripto desde la antigüedad. Aristóteles escribió en el 350 a. C.: “A menudo, cuando uno está dormido, hay algo en la conciencia que nos dice que (la imagen que estamos viendo) no es más que un sueño”. El psiquiatra holandés Frederik van Aeden acuñó la expresión hace poco más de un siglo después de anotar 352 sueños de esas características. Sin embargo, la verdadera naturaleza, frecuencia y eventual utilidad del fenómeno sólo ha logrado concitar más interés en años recientes, incluyendo estudios rigurosos que revelan un posible rasgo cerebral que propicia estas experiencias. ¿Tienen algún significado? ¿Se puede ejercitar para tenerlos? ¿En qué pueden impactar sobre nuestras vidas? Quienes se autodefinen como “onironautas” suelen interpretar esa aptitud como una oportunidad de diversión, de conocimiento interior y hasta de crecimiento personal. De acuerdo al libro Exploración de los sueños lúcidos. La guía más completa teórica y práctica (Grupal/Arkano, 2014), aprender a cultivar los sueños lúcidos produce beneficios variados en el lado despierto de la existencia: desde solucionar problemas y ganar confianza hasta mejorar la creatividad y superar miedos e inhibiciones. Uno de sus autores, el matemático y psicólogo estadounidense Stephen LaBerge, fundador del Lucidity Institute (www.lucidity.com), también aporta un argumento numérico: “Si uno debe dormir un tercio de la vida, ¿por qué deberíamos dormir también durante los sueños?”. Las llaves de la percepción Hijo de dos argentinos que trabajaban para las Naciones Unidas, Javier Elkin nació en Ginebra (Suiza) y durante su infancia y adolescencia vivió también en Francia, Nicaragua, Italia y República Dominicana. Luego se radicó en Londres, donde fue a la universidad. Pero ninguno de esos contrastes de geografías y culturas se compara con la intensidad de las travesías y experiencias oníricas conscientes, que, dice, aparecieron en su vida a los 12 años y lo fascinan desde entonces. “A los 15, la mayoría de mis sueños se convertían en lúcidos y trataba de encontrar maneras de crearlos y manipularlos”, evoca. “Tuve que aprender a calmar el corazón y las emociones para mantenerme en ese estado y no despertarme”. También se acostumbró a llevar un diario para registrar esas historias, con el mayor detalle posible, apenas se levantaba. Como las ciudades imposibles del escritor Italo Calvino, Elkin empezó a sumergirse en los sueños para construir calles y edificios que cambian de color, introducir habitantes, levantar el sol, aplanar la tierra, volar, crecer de tamaño o relacionarse con mujeres hermosas. “Todo está permitido. Todo lo que pensás se convierte en realidad”, dice con entusiasmo. Agrega que saber que uno está soñando permite tomar el control de la situación e ir empujando los límites. “Es como que toda la gente tiene dos puertas, una al mundo de la realidad y otra al de los sueños. Y a mí me dieron las dos llaves”, resume. —¿Y no hay cierta desilusión al despertar porque, al fin de cuentas, todo lo vivido era un sueño? —No, al contrario, me despierto muy feliz. Porque sé que todo se puede recrear o volver a hacer en la noche siguiente.    La ingeniera industrial Mariana Vernieri, argentina, de 39 años, se define como “polifacética”. Radicada en Boca Ratón, Estados Unidos, Vernieri completó sendas maestrías en negocios y comunicaciones. Y además escribe cuentos, novelas, textos de autoayuda, ensayos de filosofía y artículos académicos. Soñadora lúcida desde la infancia, dice que a los ocho años tuvo su primer sueño controlado. “A esa edad, mi papá me contó de un libro de (el antropólogo Carlos) Castaneda, que decía que al tomar lucidez te mires las manos, y así controlarás tu sueño. En la primera ocasión que tuve, lo hice. Y al mirar mis manos, sentí como que me metía en ellas. ¡Y empecé a volar!”, recuerda en diálogo con Más.   Autora desde 2005 del primer portal en español dedicado exclusivamente al tema (y que vuelve renovado en este febrero en www.slucidos.com), Vernieri asegura que esos sueños son una parte de su vida “que pesan casi tanto como la parte que paso despierta”, y agrega: “Hay quienes afirman que leer permite vivir mil vidas en lugar de una. Yo puedo decir lo mismo gracias a las increíbles experiencias que he tenido en mis sueños”, enfatiza.   “Cada sueño lúcido es una aventura extraordinaria. Por eso, una vez que los dominás, nunca te aburrís de ellos”, insiste Vernieri. Pero no se trata sólo de jugar. También está convencida de que si uno logra cumplir objetivos específicos en un sueño lúcido, desde ganar un juicio o conseguir un contrato hasta enamorar a una persona o tener un bebé, “ya está a mitad de camino de lograrlo en la realidad”. En la misma línea, hay investigadores que sostienen que los sueños lúcidos mejoran ciertos desempeños motores, como andar en skate.DespertaresLa sugerente película de animación Despertando a la vida, de Richard Linklater, estrenada en Estados Unidos un mes después del atentado a las Torres Gemelas, reflexiona sobre varios de los interrogantes que rodean a los sueños lúcidos. Uno de los personajes se presenta como un “lubricador de sueños” que ofrece a los aficionados distintos consejos para vivir y reconocer esa experiencia. Uno de los trucos es establecer “controles de realidad”, como mirar la hora del reloj o ajustar la perilla para cambiar la intensidad lumínica del ambiente. “Es una de las pocas cosas que no puedes hacer en tus sueños lúcidos: puedes volar, tener conversaciones interesantes con Albert Schweitzer, explorar cualquier dimensión de la realidad y tener cualquier sexo que desees. Pero no puedes ajustar los niveles de luz”, sostiene.   Elkin, Vernieri, LaBerge y el resto de los “onironautas” tienen sus propias fórmulas para facilitar esas expediciones oníricas (ver recuadro). “Es como cualquier actividad o deporte. Si uno lo ensaya, va a mejorar”, dice Elkin. “Es una habilidad que se puede desarrollar, como aprender un nuevo lenguaje”, promete la web del Lucidity Institute. Pero aunque trabajos recientes sugieren que esa capacidad está más extendida de lo que se suele pensar (uno de cada cuatro habitantes tiene al menos un sueño lúcido por mes, según la revisión de 25 estudios publicados entre 1966 y 2016), quizás existan ciertos rasgos en el cerebro de cada persona que propician ese tipo de experiencias o, por el contrario, desalientan su expresión.   Elisa Filevich es una joven neurocientífica argentina graduada en la UBA que investiga en Alemania sobre la “metacognición”: la capacidad de reflexionar sobre la propia cognición o los propios pensamientos, tal como hizo Descartes en su famoso apotegma “pienso, luego existo”. Aunque en diálogo con Más, Filevich dice que nunca experimentó sueños lúcidos y tampoco tuvo la disciplina para fomentarlos, quedó cautivada por la película Despertando a la vida. Y se le ocurrió que podía existir una relación entre tener ese tipo de sueños y las aptitudes metacognitivas o de introspección durante la vigilia. Como si fueran las dos caras de la misma moneda. O, en términos más técnicos, “como si compartieran el sustrato neural”.   Su estudio, publicado en 2015 y firmado con colegas del Instituto Max Planck de Desarrollo Humano, en Berlín, confirmó la presunción: las personas que reportan sueños lúcidos con más frecuencia también obtienen puntajes más altos en pruebas de metacognición. Y no sólo eso: también tienen mayor volumen de materia gris en una región específica del cerebro, la corteza prefrontal anterior, que se vincula con procesos mentales complejos tales como la planificación y el razonamiento. “Pero todavía no está claro cuál es el significado de esta asociación”, advierte Filevich.   El hallazgo implica, tal vez, que no tiene sueños lúcidos el que quiere, sino el que puede. “En realidad, no se sabe”, relativiza Filevich, “aunque se han propuesto varias maneras de entrenarlos”. Y pese a que no existe consenso científico sobre el sentido evolutivo y potencial utilidad de estos sueños, el gozo de las “incursiones” nocturnas sigue deslumbrando a los afortunados soñadores conscientes y el efecto se transmite al lado despierto de sus vidas. En palabras de Filevich: “El 98-99 por ciento de la gente (que los tiene) cree que es una experiencia maravillosa y se despierta eufórica”. ¿Qué más se podría pedir?

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