20 de diciembre de 2016

Después de 20 años, el municipio comenzó el traslado del crotario de Pichincha

En los viejos galpones ferroviarios vivían once personas mayores y 19 familias. Las estructuras serán demolidas para parquizar el lugar

El pescador, como conocen todos a este hombre de 62 años, almuerza tranquilo en medido del galpón casi vacío donde vivió más de diez años. Y saborea la comida y la cerveza porque, sabe, será su último día en el Hogar Josefina Bakhita, más conocido como el crotario, que desde mediados de los 90 funciona en los ex galpones de la estación Rosario Norte. Ayer, el municipio puso en marcha la mudanza de once personas mayores que pasaban sus días en el hogar y de otras 19 familias que llegaron después a los antiguos tinglados ferroviarios de barrio Pichincha. El operativo, a cargo del Servicio Público de la Vivienda y de Desarrollo Social, comenzó ayer temprano y se extendió hasta dejar casi vacíos los tres galpones que se extienden por avenida del Valle, entre Ovidio Lagos y el túnel Celedonio Escalada. En los próximos días, las instalaciones serán demolidas y el terreno se parquizará para acompañar el entorno de la Estación donde funciona también un centro de documentación y las oficinas de la Secretaría de Cultura del municipio. Según explicó la secretaria de Desarrollo Social del municipio, Laura Capilla, la intervención demandó varios meses de trabajo con cada una de las familias que vivían en los galpones. “Estábamos muy preocupados por las condiciones de los edificios. Estaban en una condición muy precaria y resultaban peligrosos”, señaló. Según detalló la funcionaria, en el lugar vivían “en forma estable” unas 34 personas, 9 hombres solos que ocupaban las instalaciones del crotario y otra decena de familias, algunas con varios niños. Ayer los camiones contratados por el municipio realizaron varios viajes cargando muebles, ropa y algunos modestos electrodomésticos. Según comentaban los hombres y mujeres que esperaban su turno para la mudanza, quienes vivían solos fueron trasladados a otras instituciones, mientras las familias fueron relocalizadas en viviendas recién construidas en dos barrios de la zona oeste (ver aparte). Gabriela, mamá de cuatro chicos, decía estar entusiasmada con la mudanza. “Fuimos a ver las casas y están lindas”, afirmaba sentada en medio de sus bártulos tendidos en el espacio verde que rodea a la antigua estación. Mientras tanto, los niños saludaban a sus vecinos, Cele, Ema y Paquito, con una sonrisa. Irrecuperables Los viejos galpones pertenecen al Estado nacional y están en custodia del municipio. El titular de la Secretaría de Planeamiento municipal, Pablo Abalos, advirtió que las estructuras presentan un importante deterioro, con un alto riesgo para quienes lo habitaban. “Son edificios muy antiguos y están en muy mal estado, por lo cual se decidió su demolición ya que se los consideró técnicamente insostenibles”, apuntó. La idea es que las topadoras comiencen a trabajar a partir de mañana, ni bien los inmuebles estén completamente desocupados, para retirar la totalidad de las estructuras existentes. “El reacondicionamiento de este espacio permitirá extender la lonja verde que rodea a la estación de trenes”, sostuvo.   En total, terminada la nivelación del suelo y el equipamiento del lugar, se sumarán alrededor de 6.000 metros cuadrados de verde al entorno de la estación ferroviaria.Con historiaEl hogar Bakhita se inauguró en 1994 en el barrio de Pichincha, después de que las instalaciones ferroviarias se fueran vaciando a fuerza del desguace del servicio de trenes.    El sacerdote Tomás Santidrián, fallecido hace tres años, fue el encargado de gestionar ante la Municipalidad y el Estado nacional la cesión de uno de los galpones ferroviarios que se levantan por avenida del Valle, entre Ovidio Lagos y el túnel Celedonio Escalada.   El crecimiento de los niveles de desempleo a partir de los 90 aportó los primeros moradores, hombres y mujeres adultos en situación de calle, que encontraron allí casa y comida. Y las sucesivas crisis que sacudieron a la ciudad y la región le fueron sumando familias más jóvenes que crecieron en otras dos construcciones linderas o incluso levantaron habitaciones precarias, más cerca de las vías del tren.   El pescador llegó al hogar en el 95, después de perder su empleo como graboverificador para la firma IBM, “un trabajo que consistía en cargar los datos en las computadoras y la tecnología ya dejó obsoleto”, explica.    En los galpones ahora casi vacíos, explica, se ganó su sobrenombre, ya que hablaba poco y todas las tardes cruzaba las vías para ir a pescar.    ”Todo el lugar era un gran yuyal”, recuerda y afirma que, por entonces, la actual imagen del entorno de la estación resultaba “directamente impensable, inimaginable”.   La consolidación de Pichincha como un barrio coqueto, cita indiscutida de salidas nocturnas, y el avance de los proyectos de urbanización en la zona de Puerto Norte, convirtieron rápidamente al crotario en un vecino molesto.    Y varias veces se había anunciado su mudanza. La última fue a principios de 2011, en el marco de un plan especial para la zona de Pichincha presentado por el municipio en el Concejo Municipal.   Allí se establecía que los desarrolladores de tres torres de 21 pisos cada una frente al parque Norte aporten fondos para mejorar todo el entorno de la Estación Rosario Norte.

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