10 de septiembre de 2016

Cómo se educa la clase alta argentina

Un anticipo del libro que indaga y analiza la formación de los sectores más tradicionales del país.

Una año más tarde, al llegar a la casa de Florencia Acevedo Díaz (1), registré cuánto me habían impresionado la cordialidad y la condescendencia con que me recibió mientras me pedía disculpas por atenderme vestida como estaba. Al parecer esa no era su mejor ropa; sin embargo yo la miraba extasiada. Aún hoy no sabría definir esa prenda: ¿era un vestido, un tapado, un kimono? ¿O un deshabillé? No podría responderlo: era turquesa, con cuello mao y bordados en hilos dorados; digamos que tenía forma de kimono. La cubría de pies a cabeza. Tampoco sé si me estaba recibiendo en pijama o sólo hacía gala de su última adquisición. Daba igual: el atuendo me parecía deslumbrante. Ella era una mujer preciosa, espigada y de facciones atractivas. Y lo sabía. Pero de pronto su modo de hablar —tan afectado— me devolvió a una zona de desconcierto. Al igual que con otros entrevistados, al comienzo me resultaba encantador. Después de varias réplicas se me tornaría gracioso y hasta insoportable. Si bien se sentía muy a gusto como entrevistada, recuerdo que el encuentro no fue distendido: ese modo de hablar y las cosas que decía nos diferenciaban, y yo sentía la distancia a cada instante. Mientras transcribo la conversación, noto que la entonación y la estructura de mis frases cambiaron durante nuestra charla. ¿Intentaba mimetizarme? Por incómodo que resultara, la confrontación entre lo diferente y mi subjetividad como investigadora (de clase media, mujer, etc.) iba a ser el instrumento principal de conocimiento (Rockwell, 2009). Entraban en juego otros modos de conocer, una auténtica relación cuerpo-mundo (Carman, 2006, Stoller, 2009). La sensación de opresión con que yo salía de las entrevistas no era apenas anecdótica, delataba la violencia simbólica obrada por la desigualdad. También develaba las presiones que generan las aparentes libertades disponibles y lo “sujetos” que estaban mis entrevistados: esas marcas se deben tanto a la libre elección como al condicionamiento, en una laboriosa adecuación a lo socialmente apto. Recordé ese momento el día que una maestra me dijo que ella ni loca haría el trabajo que hacen las madres de su escuela por estar siempre perfectas. El despliegue de la desigualdad, de las diferencias construidas y aprendidas en la vida cotidiana produce marcas en los otros, deja rastros, sensaciones en los sujetos que entran en relación: seguridad en el cuerpo de los privilegiados; inseguridad, agobio, asombro en el de los subalternos. Los modos en que las personas se visten, se muestran, hablan, huelen y tocan constituyen estigmas o demostraciones de respeto, identificaciones con grupos, comunidades o clases sociales. Los sentidos involucrados producen formas específicas de clasificación y decodificación de relaciones de poder (Robben, 2008). El habla de los entrevistados participa de la dimensión de la diferencia, perceptible de inmediato. Un vocabulario, un tono, una gestualidad particular es un modo sutil de reconocimiento de pertenencia a la clase alta por parte de quienes no estamos incluidos en ella y por ellos mismos. Para que haya clase alta hacen falta personas capaces de engendrar esos modos y su distinción respecto de las maneras burdas de hablar. La vulgaridad consiste en no saber producir ni decodificar esos mismos modos distinguidos (Bourdieu, 2007). En los recuerdos de las personas que entrevisté, abundan anécdotas de “concursos” a los que de pequeños eran sometidos quienes no pertenecían a las familias tradicionales o los compañeros nuevos: “¿Cómo se dice: ‘rojo’ o ‘colorado’? ¿ ‘Pelo’ o ‘cabello’?”. El modo de hablar vincula a los pares y construye o confirma diferencias: un entrevistado que —debido a la pérdida de su fortuna familiar durante el peronismo— tuvo que ir a un colegio público recuerda esa experiencia como “un shock”, porque implicó encontrarse con “peronistas y con los porteros”: “En ese momento caí en un nido, no hostil, pero completamente desconocido, que me costaba. Había dos o tres amigos — a vos te lo digo: de la clase social mía—, con los cuales hicimos buenas migas porque teníamos el mismo léxico; los demás no nos entendían”. Y especifica: “Nosotros hablamos distinto, porque vos dijiste una palabra recién: vos dijiste ‘milla’ [imita mi pronunciación]. Mató, ya está. No. Yo lo hubiese dicho distinto. Y después, es más o menos igual que los ingleses, que saben perfecto el Who’s Who por el tono”. Estos signos incluso racializan la desigualdad (Neufeld, 2005). Una entrevistada me alertó: Las mujeres de la clase alta son como de otra raza, otra especie, una manera de hablar, todas flacas, pelos lacios, las caras. Hay una estética que modifica la manera de hablar, la ropa toda igual. Las dimensiones sensibles de la desigualdad permiten apreciar el trabajo de constitución de un “cuerpo apto” (Badaró, 2009 y Méndez, 2013). El cuerpo, señala Bourdieu (1984 [1979]), manifestación sensible de “la persona”, se percibe como la expresión más natural de la naturaleza profunda; sin embargo, es un producto social. La postura corporal, la vestimenta, la decoración del hogar suponen una de las tantas formas de afirmar la posición ocupada en el espacio social y dan “la sensación” de pertenecer a un mundo civilizado y más culto (1984 [1979]: 75). Los sujetos, en un campo de prácticas, se distinguen unos de otros según expresiones semióticas que construyen jerarquías y diferencias (Díaz de Rada, 2007). Al procesarse simultáneamente en una red de vinculaciones específica, estas expresiones profundizan la diferencia de las familias tradicionales al tiempo que se busca legitimar sus posiciones. Cecilia Escalante Duhau (2) me cuenta que ella creció en un ambiente que “despreciaba lo que no era ese lenguaje además típico de la clase, ¿no?”. Los alumnos que estudiaban en su instituto (3) no tenían ese léxico”: “Dicen tres palabras que no están dentro del código conocido, y no vale la pena ni entablar una relación. No entablan relaciones con gente que no es del mismo grupo social, y hay una cosa fuerte con las palabras, vos decís ‘rojo’, ‘rojo’ no, ‘piloto’ tampoco. Si vos decís que vivís en Velazco y no sé qué, ¿dónde queda eso?, y ya no, se cae del mundo, ya sentís un rango inferior en algún punto, no sos de la nobleza, ¿entendés?”. Cecilia cuenta que ese código puede ser adquirido por aquellos que lo necesitan. En general por quienes tienen dinero pero no apellido, sin una trayectoria extensa en la clase alta que les permita incorporar los códigos correctos y desarrollar un cuerpo apto. (…) El colegio es fundamental para esto, y varios entrevistados señalan que, para las primeras generaciones, adquirir esos signos que diferencias es más difícil. Sin embargo, no es imposible, y si los recién llegados logran “mimetizarse”, es posible acceder a este grupo social (…). Libro GessaghiPara perpetuar privilegios Victoria Gessaghi es doctora en antropología social por la Universidad de Buenos Aires. Es investigadora del Conicet y docente universitaria. Su libro “La educación de la clase alta argentina. Entre la herencia y el mérito” (Siglo XXI Editores) es el resultado de una investigación a través de la cual logró acceder a la intimidad de una clase muy celosa de sus secretos. La obra revela aspiraciones, vivencias y resentimientos en la lucha por perpetuar sus privilegios.El trabajo de Gessaghi analiza los mecanismos de afirmación y exclusión que se ponen en juego y aluden al vínculo entre educación, democracia y desigualdades.El libro es atrapante no sólo por las historias que comparte sino por la manera en que está escrito. Abundan la crónica, las historias de personajes tradicionales y las referencias a distintos momentos de la historia nacional. Y para hablar de cómo se forma la clase alta argentina, la autora no se limita a lo propio del sistema educativo, también cuenta la vida cotidiana. Además devela cómo al no contar con un circuito de instituciones estatales que afiancen su entramado social e ideológico, la clase alta debió crear sus propios colegios, que antepusieron el espíritu de cuerpo a la excelencia académica. Por eso, no podían faltar los deportes grupales, las competiciones por notas y premios, los Family Days ni los tés solidarios.

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