13 de diciembre de 2016

Ciclistas

El grito ocultó el golpe sordo de un cuerpo que cae al piso. Todas las miradas se dirigieron a una joven que sobre la bicisenda de la calle Corrientes, casi llegando a Ricardone, sostenía una bicicleta negra de caños finitos. La chica estaba inmóvil, con el semblante blanco y los ojos muy abiertos luego del atropello. A sus pies una mujer de unos 50 años, con vestido azul, pelo largo revuelto por el percance, comenzaba a incorporarse con muestras de dolor en el rostro. El remolino de gente fue instantáneo. Algunos esgrimieron celulares para llamar a emergencias, otros ayudaban a la mujer a pararse. Había comenzado a bajar de la vereda a la calle y la rápida mirada hacia el costado le permitió ver que no venían autos, pero le ocultó la cercanía de la ciclista. El desplazamiento silencioso de la bicicleta y el vestido negro de la chica que venía pedaleando terminó de configurar el desastre. La mujer, un poco repuesta, al fin cruzó a la otra vereda y, lentamente, siguió caminando.Las ciudad se ha llenado de ciclistas. Acompaña la tendencia la creación de las bicisendas. Lástima que no las haya en todas las calles. Es un espacio seguro para quienes quieren tener una movilidad que los beneficia físicamente y les permite, al menos por una vez, escapar del aparato impositivo estatal que castiga al que se procura un poco de libertad. Porque el ciclista no paga patente, empadronamiento, seguro, estacionamiento, peaje, no hace ruido, no contamina, no molesta con bocinazos destemplados, no causa daños irreparables. Tiene, eso sí, que cobrar conciencia que no es otra clase de peatón y tener cuidado, justamente, con las personas que se cruzan de vereda.

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