18 de enero de 2017

Animales del deporte

Amén de la crisis económica, política y moral en la que está inmersa nuestra sociedad, otro de los graves problemas argentinos, ¿quién puede dudarlo a esta altura del campeonato?, es la profusión de animales en la constelación deportiva nacional.

Amén de la crisis económica, política y moral en la que está inmersa nuestra sociedad, otro de los graves problemas argentinos, ¿quién puede dudarlo a esta altura del campeonato?, es la profusión de animales en la constelación deportiva nacional. Si bien es un coletazo de tendencias universales que comenzaron en lugares distantes y tiempos pretéritos, lingüistas y sociólogos no pueden explicarse tamaña proliferación que, superando el límite de lo meramente anecdótico, roza esquivas fronteras cercanas a patologías más severas.   Nadie parece percatarse o, mejor dicho, se minimiza la situación hasta hacerla quedar impresa en un contexto en el que parece hasta normal. Y a fuerza de repetición se naturaliza a tal punto que resulta vano plantear objeciones y poner blanco sobre negro en un tema urticante. Aunque, justo es decirlo, es necesaria una revisión para acercar entendimiento al fenómeno, que no se da exclusivamente en el deporte argentino pero…   A la “moda”, por llamarla de algún modo, la iniciaron Los Pumas allá lejos y hace tiempo… hace más de 50 años. En realidad, no fueron ellos, sino un reportero sudafricano que confundió al yaguareté impreso en la camiseta argentina. El adjetivo fue uno de los tantos que la prensa derramó sobre el equipo argentino tras la resonante victoria ante los junior Springbok por 11 a 6.   Después la onda se calmó. Y amén de los “fantasmas” de la selección argentina de fútbol, que se prepararon durante más de dos meses para un solo partido en la altura de La Paz, en 1973, los motes no pasaban el umbral de la cargada hiriente y resultaban pasajeros, siempre fruto de algún hito, hazaña o mala campaña.   Hasta que en el 2000 irrumpieron Las Leonas, quienes tras bautizarse a sí mismas lograron la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Sydney, una marca histórica para el hockey femenino de estos lares. Y el nombre quedó como marca indeleble.   Hasta ahí, vaya y pase… pero el siglo XXI desencadenó una fiebre por relacionar los representativos albicelestes con… preferentemente animales, que a juzgar por los resultados deportivos obtenidos da que pensar si no tendrá alguna relación. La lista es larguísima, en algunos casos provoca algo de hilaridad, en otros genera una reflexión más seria, en la gran mayoría despierta curiosidad.   Para muestra basta un botón, que no es más que el ya mencionado rugby, en el que otro equipo nacional se llama Jaguares. Eso sin nombrar a los conjuntos representativos de federaciones provinciales o municipales, entre los que abundan el Ñandú (seleccionado rosarino), los Dogos (Córdoba), las Aguilas (Buenos Aires) o los Mayuatos (Salta), lo que demuestra una simbiótica relación entre los representantes del reino animal y los del deporte de la ovalada. Quienes quieran establecer otro tipo de ligazón deberán declararlo abiertamente y borrar esa sonrisa socarrona que se advierte apenas se comienza a discutir sobre las destrezas de esta disciplina.   Aguilas, el seleccionado bonaerense de rugby ya mencionado, parece ser el apelativo más difundido en estas pampas, ya que comparten esa denominación el seleccionado de varones de la gimnasia artística (el de las chicas se hace llamar Ave Fénix, algo parecido) y el representativo nacional de hockey femenino sobre patines.   Pero no sólo en el rugby hay ejemplos. El seleccionado femenino de vóley no quiso quedarse atrás entre los felinos selváticos y se bautizó las Panteras (cabe aclarar que aunque no hayan sido ellas directamente las autoras de tal apodo nunca se quejaron ni hicieron nada para que tal denominación no circule y se extienda hasta estos días).   Los varones del conjunto nacional de fútbol para ciegos se hacen llamar los Murciélagos, mientras que la selección masculina de waterpolo son los Yacarés. Dogos también son los chicos del seleccionado de fútbol gay y las Delfines es el nombre elegido por el conjunto nacional femenino de vóley para sordos.   Eso sin contar los animales de los equipos vernáculos de nuestro bendito fútbol, que no por demasiado conocidos no entrarían en esta lista tan faunística del acervo nacional y popular. O sea que la naturalidad se haya instalado no implica olvidar que estamos entre cuervos, lobos y gallinas, amén de calamares, toritos y halcones que están siempre acá a la vuelta.   La lista se agranda constantemente y no es descabellado imaginar que mientras esto se escribe un nuevo conjunto nacional comienza a autodenominarse con un nuevo animal. Y tampoco es difícil pensar que no necesariamente será una selección la que buscará cierta legitimación a partir de un apodo emparentado con la fauna. Menos profetizar que no serán sólo equipos deportivos, la moda se trasladará a todo tipo de instituciones relacionadas de algún modo con la práctica de algún juego.   O sea, una asociación de árbitros y jueces de línea bien podría autodenominarse los Chacales. O una rama interna de dirigentes de clubes de fútbol, en estos tiempos de AFA tan convulsionada, podría ponerse las Hienas. Y una incipiente agremiación de directores técnicos bien podría llevar el nombre de los Chorlitos.   Y así hasta acabar con los animales de la fauna autóctona o bien con el deporte más o menos organizado. De todas maneras reconocerse como algún animal es una forma de nombrarse, un espejo de sí mismo, algo que identifica y aglutina en torno a esa figura. Por eso, nada mejor para cerrar este suscinto informe, que nadie demandó, que el apodo con el que se bautizó orgullosamente en las redes sociales el equipo de rugby femenino de un reconocido club local: las Lechonas.

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